
Roderick Mac Lean tiene algo que decir sobre la guerra de egos en la tranquera: “Por qué el agro no necesita elegir entre el micrófono y el reel”
Roderick Mac Lean, periodista y consultor especializada en agro, envió estas líneas a Bichos de Campo con sus reflexiones frente a las crecientes tensiones entre los periodistas esp...
Roderick Mac Lean, periodista y consultor especializada en agro, envió estas líneas a Bichos de Campo con sus reflexiones frente a las crecientes tensiones entre los periodistas especializados en el sector y una troupe de nuevos comunicadores, denominados “influencers”, que irrumpe en el universo de la comunicación entre el campo y la ciudad. Antes de que la sangre llegue al río, vale le pena leer este texto:
Mientras un periodista de trayectoria chequea (o dice hacerlo) por tercera vez el dato de exportación de la semana, a pocos metros, un joven con un celular de última generación cosecha mil likes mostrando el amanecer desde la cabina de una cosechadora. En los pasillos de las exposiciones, la tensión se siente: unos reclaman respeto a la trayectoria; otros, atención al algoritmo.
La discusión entre influencers y periodistas agropecuarios ha dejado de ser un murmullo (ya inunda los chats que comparten la mayoría de los colegas y agentes de prensa) para convertirse en una pelea frontal por el recurso más escaso de la era digital: la relevancia (y, por supuesto, la pauta publicitaria). Pero plantear esto como una guerra de exclusión es no entender que el mapa cambió para siempre. Y va a seguir cambiando.
Históricamente, el periodismo agropecuario funcionó como un club exclusivo. Se hablaba “de productores para productores” y de cosas que “solo los productores entienden”. Esa endogamia técnica es la que hoy los influencers están, en parte, rompiendo.
El creador de contenido no solo informa; humaniza. Al mostrar el trabajo, el barro, el esfuerzo de los productores y la tecnología en tiempo real, logran lo que años de gacetillas no pudieron: construir un puente con el resto de la sociedad. Le hablan a la ciudad en un lenguaje que el ciudadano común entiende, sacando al agro de su zona de confort técnica.
Muchas veces usando el humor, esa forma tan remanida de consolidar un mensaje, esa que todos los periodistas valorábamos en personas como Luis Landriscina, todo un influencer sin celular.
La trampa de las “métricas de vanidad”
Sin embargo, no todo lo que brilla es una alta tasa de reproducción o muchos likes. Aquí es donde las empresas están cometiendo errores estratégicos. Confundir alcance con autoridad es el pecado capital de la comunicación actual.
Seguramente a todos se les viene a la cabeza el caso de uno de los influencers tops del agro que hoy está siendo escondido de las redes de muchas empresas que hasta hace poco pagaban mucho dinero para contratarlo.
Un influencer puede vender una gorra, un termo o un estilo de vida con una facilidad asombrosa. Pero, ¿puede validar la compra de una sembradora de medio millón de dólares o defender al sector ante una crisis reputacional por el uso de fitosanitarios? Ahí es donde el periodista recupera su trono. El rigor y el la información certera y chequeada no son lujos; son el seguro de vida de un sector que siempre está bajo la lupa social.
El bolsillo: la verdadera raíz del conflicto
También tenemos que ser sinceros y realistas: la tensión no es solo profesional, es económica. La torta publicitaria es la misma (incluso diría que menor) y ahora hay más comensales sentados a la mesa.
Las marcas buscan eficiencia con sus recursos limitados, y si un creador ofrece métricas inmediatas y segmentación quirúrgica, es lógico que el presupuesto migre hacia esos bolsillos.
Y es entonces cuando el periodismo debe reaccionar. Y por favor, no imitando técnicas que le son ajenas o incómodas, que lo transforman en un actor patético de una comedia mal escrita.
Pero ya no alcanza con “estar”. La trayectoria es un cimiento, pero no puede ser el único argumento de venta si el formato quedó estancado en el siglo pasado.
Ni “viejos vinagres” ni “vendedores de humo”
El futuro no está en la confrontación, sino en una hibridación necesaria. El agro hoy requiere algo más inteligente que una pelea de egos:
1) Periodistas que entiendan el algoritmo: Que construyan una marca personal y pierdan el miedo a la narrativa transmedia. El rigor no tiene por qué ser aburrido o mostrarse en viejos formatos que los públicos han abandonado.
Los periodistas deben entender que hoy es casi imposible diferenciar una “fake news” de una noticia verdadera y lo será cada vez más. Entonces el valor de quién lo dice va a ser cada vez más apreciado.
2) Influencers que profesionalicen el dato: Que entiendan que un error de información en el campo puede costar millones o dañar la imagen de toda una industria. Menos filtro de Instagram y más chequeo de fuentes.
Y que la diferencia entre la mentira y la verdad depende muchas veces de la mala intención y muchas otras de la falta de conocimiento e investigación.
3) Empresas que compren valor, no solo clics: Que entiendan que la visibilidad es efímera, pero la credibilidad —esa que el periodismo construye a fuego lento— es lo que sostiene el negocio a largo plazo. Y sobre todo que las redes puede ser un ámbito maravilloso para difundir marcas, productos y acelerar ventas, pero difícilmente pueda ser el único camino para lograr prestigio.
Las empresas deben entender que la “influencia” de los influencers también ha cambiado, ya no son tan importantes los “seguidores” sino el engagement (la tasa de interacción) que tienen con nuestro público objetivo.
Quizás el agro no necesita elegir. Necesita aceptar que el mapa se rompió. Al final del día, la verdadera discusión no es quién tiene más seguidores o más años de circo. Es quién logra aportar valor real en un entorno donde la atención se dispersa apenas moviendo el dedo sobre la pantalla del celular, pero la confianza, una vez que se pierde, tarda décadas en volver a germinar.
Al agro no le sirve el silencio, pero tampoco le sirve el ruido.