
De criar vacas en Zapala a llegar a finales nacionales con sus caballos: Mauro Robert combina producción, docencia y una pasión que terminó siendo oficio
Mauro Robert es un reconocido jinete y productor ganadero de Neuquén, que se destaca principalmente en la cría y competencia de Caballos Criollos y es identificado como un activo productor ga...
Mauro Robert es un reconocido jinete y productor ganadero de Neuquén, que se destaca principalmente en la cría y competencia de Caballos Criollos y es identificado como un activo productor ganadero en la región.
En el establecimiento familiar Las Hilachas, pegado al pueblo de Zapala, a unos 183 kilómetros de la capital neuquina, Mauro combina tres mundos que para él son uno solo: la ganadería, los caballos y la enseñanza. Productor, jinete y profesor, como él mismo se define, representa a una camada de jóvenes patagónicos que eligieron quedarse en el campo y tomar la posta.
Su vínculo con la producción empezó casi antes de que pudiera nombrarlo. Los primeros recuerdos son en el campo de sus abuelos maternos, cerca de Aluminé, y después en Las Hilachas, cuando su padre compró el establecimiento donde hoy sigue trabajando.
“Crecí entre vacas y caballos”, describe el productor que intentó estudiar agronomía, trabajó en una empresa de riego, y siguió domando cuando podía. Pero el campo terminó pesando más, asique volvió a casa, aunque reconoce que hacerse lugar no fue inmediato.
“Quizás el desafío más grande fue familiar. Mi viejo estaba muy activo, tenía sus formas de trabajar y yo quería meterme. Costó, pero después los desafíos aparecen todos los días”, cuenta.
“El desafío es tratar de darse cuenta para dónde seguir”, asegura. Robert integra el grupo CREA Lanín, un espacio que valora como escuela permanente. Allí comparte experiencias con otros productores de una generación que, según dice, “produce distinto no por moda sino por necesidad”.
“La forma de producir va cambiando. Hay tecnología, hay información disponible, y hay que producir mejor para sostener todo. Hoy muchas herramientas accesibles ayudan a mejorar un montón: pastoreo, divisiones, agua, manejo”, señala.
En una provincia atravesada por la sequía, el clima aparece como una preocupación concreta. Aunque en su campo cuentan con riego, reconoce que el contexto se siente.
“Hay menos agua que otros años y se nota. Es un año duro”, señala. Pero frente a las dificultades, prefiere hablar de oportunidades, y las ve en la escala patagónica.
“La oportunidad más grande es el campo que tenemos en cantidad de hectáreas y diversidad. Tenemos mucho para mejorar, para agrandar o incluso ajustar rodeos si hace falta”, indica.
Si la conversación arranca pausada cuando habla de producción, cambia de ritmo cuando aparecen los caballos. La voz se le enciende, porque ahí está otra parte fuerte de su historia.
Tiene en el campo un emprendimiento propio de pensión, doma, entrenamiento y clases. Compite en apartes camperos, actividad en la que llegó seis veces a finales nacionales con distintos equipos y también consiguió una final nacional ganada en otra disciplina.
Pero más allá de los logros, lo que lo moviliza es recordar: “De chico ni pensaba que se podía vivir de los caballos. Ni siquiera era algo que alguien me dijera que no se podía; directamente no existía esa posibilidad. De grande lo descubrí”.
Mauro admite, entre risas, que quizás gasta más de lo que genera con esa pasión, pero suma que también da clases, algo que menciona con el mismo entusiasmo que a la competencia.
“Lo que más me apasiona es intercambiar con los chicos. Su frescura, sus ganas. Verlos aprender”, remarca el profesor que no se queda en la técnica ecuestre, sino que también, cuando hay que juntar vacas o trabajar en manga, invita a sus alumnos.
“Les encanta. Hoy tenemos tacto y vienen todos. Hay más jinetes que vacas para juntar”, confiesa.
En su trayecto campero, Mauro también supo mezclar, trabajo, negocio y diversión. Así nació el bar itinerante “Carneros” un emprendimiento que montó junto a dos amigos de la infancia y sobre el que repasa: “cuando empezamos con todo el tema de los caballos y las exposiciones, decíamos que hacía falta un carrito de bebidas, y esa idea se llevó a la práctica y creció un montón, el bar era una fiesta”.
“Cada vez que íbamos a algún lugar llevábamos fiesta y diversión, un espacio para que la gente se junte. Ahora ya cumplió un ciclo, así que tuvimos que venderlo porque requería otros tiempos, más dedicación y los tres nos dedicamos a otras cosas”, agrega.
De aquella experiencia, que lamenta no poder continuar, expresa: “nos dio muchas satisfacciones, era muy divertido. Es una parte social muy importante de todas las actividades a dónde íbamos, incluso, se llamaba Carneros el bar y el equipo de aparte campero también”.
En tiempos donde suele hablarse del desarraigo rural, Mauro ve jóvenes “enganchándose con el campo” desde experiencias concretas. Quizá por eso su historia termina funcionando como síntesis de una generación que no solo heredó establecimientos, sino que también intenta reinterpretarlos.
“Nada de esto lo generé yo solo. Continúo algo empezado por mis viejos. Todo esto existe por ellos, por el riesgo que tomaron y por la confianza que me tienen”, resalta con gratitud.
Mauro Robert siguió un camino de forma natural, con vacas, caballos y chicos aprendiendo alrededor. “Cuando hacés lo que te gusta, no sentís que estás trabajando”, asegura