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Una tradición que todavía tiene quien la defienda: La historia de Talabartería Vera, donde el cuero aún se trabaja a mano y sigue vivo un oficio que el campo fue dejando atrás

La historia del oficio talabartero está escrita en las raíces mismas de Esperanza, la primera colonia agrícola organizada de la Argentina, que fue fundada en 1856. Esa localidad santafesina fue ...

Una tradición que todavía tiene quien la defienda: La historia de Talabartería Vera, donde el cuero aún se trabaja a mano y sigue vivo un oficio que el campo fue dejando atrás

La historia del oficio talabartero está escrita en las raíces mismas de Esperanza, la primera colonia agrícola organizada de la Argentina, que fue fundada en 1856. Esa localidad santafesina fue ...

La historia del oficio talabartero está escrita en las raíces mismas de Esperanza, la primera colonia agrícola organizada de la Argentina, que fue fundada en 1856. Esa localidad santafesina fue un importante satélite que cobijó a inmigrantes suizos, franceses, alemanes, belgas e italianos con el objetivo de potenciar la producción.

Una de las tantas familias que llegaron en esos años fue la de Federico Meiners, quien inicialmente se radicó como agricultor y, en 1878, fundó su propia curtiembre homónima. Desde allí se producía la materia prima para talabarteros de toda la región y se elaboraban productos propios, con un “ejército” de trabajadores que ponían en lo más alto a ese oficio.

Meiners ya no se dedica a la actividad, y ahora sus instalaciones son explotadas por una de las curtiembres más importantes del país. Tampoco la talabartería es lo supo ser, pero hay quienes trabajan para que no se pierda.

Es la historia de la familia Vera, que encuentra sus primeras páginas entreveradas con el proyecto alemán, y aún escribe la propia, sin cambiar ni una coma del camino iniciado hace un siglo.

Simón Gregorio Vera ingresó en 1926 al taller de talabartería que compartía con una veintena de empleados en Meiners. Se acostumbraba que los trabajadores vivieran en conventillos puestos a disposición por la propia empresa, y fue en una de esas habitaciones atiborradas de gente donde nació su hijo, Ernesto Simón.

“Cuando era purrete le lustraba los zapatos a Meiners y le tenía la ropa lista. Después fue cadete y llegó a talabartero, para terminar como vendedor”, recordó junto a Bichos de Campo Rubén, la tercera generación en esa línea sucesoria.

Los talleres de la firma alemana se cerraron en los años setenta, poco antes de llegar al centenario de su fundación. Luego, Meiners se abocó únicamente a la curtiembre, y de hecho hoy su planta industrial es explotada por Sadesa, uno de los principales grupos a nivel global propiedad de la familia del fundador de Mercado Libre, Marcos Galperín.

Volviendo a la historia de los Vera, el fin de Meiners no fue más que un nuevo comienzo, pues Ernesto decidió entonces abrir su propia talabartería. Era 1976 y Rubén tenía 14 años, pero el sector seguía en expansión y a él le sobraban ganas de involucrarse.

No fue el hijo del dueño, sino uno más. Y dentro del taller, junto a los varios ex empleados de Meiners que contrataron, le tocó hacerse desde abajo y aprender. “Es un oficio milenario, hay talabarteros que saben hacer un solo producto y otros que hacen de todo”, explicó. Generalmente, estos últimos son los que orquestaban todo el trabajo diario.

Rubén se siente afortunado de haber vivido la época dorada de su actividad, o al menos varias décadas antes de su ocaso. Él era quien salía con su camión a vender la mercadería por todo el Litoral, donde convivían aún los pequeños tambos con las grandes estancias agrícola-ganaderas, los principales clientes para sus bastos, pecheras, monturas, riendas, arneses y otros productos.

En su mejor época, recuerda volver al taller con nuevos pedidos y en sólo dos días emprender viaje nuevamente. Y las mejores noticias llegaban, por supuesto, cuando algún estanciero, de esos que que incluso proveían de caballos al ejército, levantaba el teléfono.

“Nos hacían perdidos gigantescos y capaz que para cubrir lo que necesitaba un casco teníamos que trabajar un mes entero. Fue una locura, teníamos 14 empleados entre internos y a fasón y vendíamos a todos lados”, recordó.

Con el cierre del último tambo de Margarita, en el norte santafesino, no solo se comprenden las lágrimas derramadas por la familia Cancián sino todos los padecimientos que viven los pequeños productores de leche

Lo que cambió desde aquel entonces es, básicamente, el mapa productivo. “El alma de la talabartería es el tambo y la actividad criolla ganadera. Los pooles de siembra y la concentración de la lechería en grandes empresas nos quitaron mucho mercado”, lamentó Rubén.

Estrictamente hablando, su tradicional clientela ya no existe. Y la peonada, envuelta en la pobreza, ya no puede más que darse algún lujo de vez en cuando.

Rubén sigue viajando, igual que lo hacía su padre, y asistiendo a eventos en toda la región mesopotámica, donde el basto se impone por sobre la montura y los grandes remates y jineteadas todavía le generan muchas ventas.

“Como hay mucha hacienda que aún se mueve a caballo dentro de los corrales, se demanda todo ese instrumental”, observó.

 

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Puertas afuera, el mercado se puso más complejo, y, además de los altos costos, toca también competir con la importación. Pero nada de eso convence a Rubén de cambiar su trabajo y subvertir la historia de la talabartería más antigua que quedó en la localidad.

El producto, dice, se sigue haciendo de forma 100% manual y con cuero crudo tradicional sobado a mano. “Todavía lo pelamos a cuchillo cuando está fresco, porque aunque la sobadora ayuda, hay que terminarlo a mano para que quede mejor”, explicó Vera, que es quien hace ese primer proceso en su taller, y luego envía todos los cortes a colegas que trabajan a fasón.

Su negocio sigue ubicado en Amado Aufranc 1562 pero con los años se fue poblando de muchos otros productos. Además de los que fabrican, también venden y distribuyen otras herramientas e indumentaria, lo que es, en definitiva, el secreto para subsistir.

Seguramente se gane más, y se esté más tranquilo revendiendo sólo bombachas, alpargatas boinas, pero no ese el adn de firma. Rubén asegura que nada en el mundo sacará el cuero de sus manos.

Hoy ya no lo acompañan ni su padre ni su abuelo, pero le quedan las historias, andanzas y la experiencia de un siglo de trayectoria familiar en el sector. Ya casi no existe el oficio talabartero en el que se inició, ni el agro que conoció, pero abraza esa tradición y la revaloriza desde la colonia agrícola que la vio nacer.

“Hoy es un oficio que casi nadie lo aprende porque te conviene más ir a trabajar de remisero, camionero o a cualquier empresa que dedicarte a la talabartería. Pero uno se siente orgulloso de no ser sólo un vendedor, sino de seguir representando la tradición”, expresó.

Fuente: https://bichosdecampo.com/una-tradicion-que-todavia-tiene-quien-la-defienda-la-historia-de-talabarteria-vera-donde-el-cuero-aun-se-trabaja-a-mano-y-sigue-vivo-un-oficio-que-el-campo-fue-dejando-atras/

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