
Tesoro blanco: En la desmotadora de Buyatti en Las Breñas, Efraín Díaz se ocupa de almacenar y custodiar hasta 67 mil fardos de fibra de algodón
En Las Breñas, en el corazón agrícola del Chaco, la palabra playa no remite al mar ni a las vacaciones. En la enorme desmotadora de algodón que la empresa santafesina Buyatti montó en aquella ...
En Las Breñas, en el corazón agrícola del Chaco, la palabra playa no remite al mar ni a las vacaciones. En la enorme desmotadora de algodón que la empresa santafesina Buyatti montó en aquella localidad, la playa es otra cosa: un enorme patio donde entran camiones con algodón en bruto, rollos o módulos; y donde luego del proceso industrial se conservan los lotes de la fibra obtenida hasta su salida al mercado.
Ya hemos presentado en Bichos de Campo un primer capítulo sobre el proceso industrial del algodón, que comienza aquí en la desmotadora y debería seguir en hilanderías y empresas textiles. En este segunda nota contaremos qué sucede con los fardos de algodón ni bien salen de la enorme planta que recibe el algodón directamente del campo y lo limpia y procesa para dejarlo listo y disponible para el momento de su venta.
Como responsable directo de lo que suceda en esa playa trabaja Efraín Díaz, nacido y criado en Las Breñas, que ingresó a trabajar en la planta de Buyatti en mayo de 2007. Es decir que ya lleva 19 años en el oficio y va camino a cumplir dos décadas entre camiones, plásticos, fardos y cargas. La planta, levantada en 1997, también se acerca a sus tres décadas de vida. Y alrededor de ella se mueve una parte importante de la economía algodonera local.
“Muchas familias dependen de esta desmotadora”, resume Efraín, que afirma que son más de 80 las familias directamente vinculadas al movimiento de la planta durante la campaña.
Mirá la entrevista:
Su cargo formal es el de “encargado de playa”. Dicho así parece sencillo, pero no lo es. En la temporada de cosecha, Efraín se ocupa de la recepción del algodón que llega desde el campo, del ordenamiento de la mercadería, del loteo de la fibra que ya fue procesada y también de la carga de los camiones que salen con destino final. En el medio hay una cadena de controles que pueden definir si la fibra mantiene su calidad o si se arruina por humedad, mala conservación o algún accidente.
El algodón puede llegar de distintas formas. Cuando viene en bruto, el camión entra directamente al proceso de desmote. Cuando llega en rollos o módulos, la mercadería se deposita y queda a la espera de ser procesada. Los rollos ya salen así de la cosechadora. Los módulos, en cambio, se arman con algodón cosechado a granel y compactado en una estructura rectangular que puede rondar los 9.000 kilos. Son más cómodas para el traslado ambas formas, pero de todos modos hay que despedazarlas antes de arrancar el procesamiento en planta.
Después del desmote, la fibra ya prensada queda organizada en fardos. Todos esos cubos se alacenan sobre pallets perfectamente calculados, que se cubren con enormes plásticos de color blanco. A simple vista, los lotes pueden parecer silobolsas cuadrados o grandes montañas de algodón envueltas en plástico, pero Efraín enseguida corrige la mirada: cada “cuadrado” es un lote armado con una cantidad determinada de fardos.
Cada fardo de fibra de algodón pesa, en promedio, unos 240 kilos. Y cada lote suele reunir unos 110 fardos. Es decir, unas 26 toneladas de fibra listas para cargar en un camión. “Ya está clasificado para cada camión”, explica Efraín, que tiene todo calculado. No es cuestión de agarrar fardos de cualquier lado y completar la carga. La mercadería se ordena en la playa siguiendo diferentes criterios: por calidad, por productor y por destino.
La capacidad de esa playa impresiona: puede guardar hasta 67 mil fardos. Pero almacenar algodón no es simplemente apilarlo y olvidarse. La fibra puede permanecer allí mucho tiempo. Efraín cuenta que, al momento de esta visita de Bichos de Campo, todavía quedaba en el playón mercadería procesada en 2022, conservada bajo estricto control. Para eso hay que revisar de modo permanente plásticos, destapar, airear cuando corresponde y evitar que la humedad haga su trabajo silencioso.
El peor enemigo, en caso de la humedad, es que la fibra se “acartone”. La palabra es bien de planta, pero se entiende rápido: cuando el fardo se moja, entra en un proceso de descomposición, se endurece y queda como cartón. Para evitarlo, después de cada lluvia hay que controlar que no haya plásticos rotos, que no se haya filtrado agua y que los lotes sigan en óptimas condiciones.
El otro gran riesgo es el fuego. En una playa con miles de fardos de algodón, rodeada además por campos y pastizales que después de una helada pueden convertirse en un problema, la prevención no es un detalle menor. Efraín cuenta que el personal realiza simulacros de incendio dos veces por año, en plena campaña, y que la planta cuenta con trajes y equipamiento para actuar ante una emergencia.
https://bichosdecampo.com/wp-content/uploads/2026/07/VID_20260609_100900.mp4“Es mucha responsabilidad”, reconoce. Porque su tarea no termina cuando el camión sale cargado sino que continúa “hasta que llega a destino”, aclara. Recién ahí, cuando la mercadería fue despachada y recibida como corresponde, puede decir que el trabajo quedó cerrado.
Buena parte de esa fibra procesada por Buyatti tiene destino de exportación. Desde Las Breñas sale hacia el puerto, después de haber pasado por una primera transformación industrial que muchas veces queda fuera de la mirada pública. El algodón se piensa en el lote, en la cosecha, en la semilla, en el picudo o en las malezas. Pero entre el campo y la industria textil aparece esta etapa clave: separar, prensar, clasificar, conservar y despachar.
Por eso la playa de una desmotadora también cuenta mucho sobre el algodón chaqueño. No es solamente un depósito. Es un punto de encuentro entre productores, trabajadores, transportistas, industria y comercio exterior.
A Efraín se le nota que le gusta ese mundo. “Me apasiona este trabajo”, dice. Y enseguida agrega una frase que explica mejor la relación con la planta: “Es nuestra segunda casa. Y no sé si no es más que la casa, porque estamos más tiempo acá que en la casa”.
En ese ambiente de trabajo también aparece una postal inesperada. Mientras se cargan los fardos, detrás de escena anda Carlos Jaimez, a quien todos conocen como “el maestro” o “el número uno”, un eximio bailarín de chamamé, pasodoble y guaracha que tiene su fama en YouTube con Sonido Norte. Efraín se ríe y cuenta que, si le ponen música, puede largarse a bailar arriba de los fardos o del camión.
La escena afloja por un momento la dimensión técnica de la planta. Porque en Las Breñas, entre módulos de 9.000 kilos, lotes de 26 toneladas y una playa capaz de guardar 67 mil fardos, también hay oficio, pertenencia y humor de campaña.
El algodón chaqueño, antes de salir al puerto, pasa por manos como las de Efraín: manos que lo reciben, lo ordenan, lo cuidan y lo despachan como quien sabe que ahí adentro no hay solo fibra, sino trabajo para muchas familias.