
¿Qué tiene ese pastito que logra sobrevivir en la Antártida? Julia Mensa cuenta cómo la empresa Nunatak lanzó su primer bioinsumo a partir de microorganismos capaz de prosperar entre tanto hielo
En la Antártida casi nada crece. De hecho, ese enorme continente helado es considerado un desierto blanco. Pero hay un puñado de especies vegetales que consigue sobrevivir allí y, justamente por...
En la Antártida casi nada crece. De hecho, ese enorme continente helado es considerado un desierto blanco. Pero hay un puñado de especies vegetales que consigue sobrevivir allí y, justamente por eso, fue el objeto de estudio de un grupo de científicos argentinos. Luego llegó una empresa que tomaría esa misma idea: si ese microorganismo podía desarrollarse en semejante ambiente, algo especial debía estar sucediendo.
Así comenzó la historia que desembocaría en Nunatak Biotech, una startup argentina que busca microorganismos asociados a plantas capaces de sobrevivir en ambientes extremos para convertirlos en soluciones biológicas para el agro. El concepto lo inició hace un tiempo otra firma del sector, PunaBio, pero con microoganismos obtenidos de la altísima Puna. En este caso, el escenario extremo es la Antártida.
“Cuando vemos una planta que crece en un lugar súper extremo, lo primero que pensamos es qué interesantes deben ser los microorganismos que tiene ahí adentro que le permiten sobrevivir”, explicó a Bichos de Campo Julia Mensa, CEO y cofundadora de la nueva empresa de biológicos.
El nombre elegido no es casual. Un “nunatak” es un pico o formación rocosa que sobresale de una masa de hielo o un glaciar. El equipo científico que dio origen al emprendimiento venía estudiando microorganismos asociados a Deschampsia antarctica, una de las pocas plantas vasculares capaces de crecer en la Antártida, en trabajos vinculados con la Base Carlini.
Mirá este video sobre esa planta:
La pregunta siguiente fue bastante lógica: ¿podían algunas de esas relaciones entre plantas y microorganismos servir también para mejorar el comportamiento de los cultivos en regiones más amables, donde prospera la agricultura?
Para responderla, el equipo comenzó a aislar microorganismos y someterlos a distintas evaluaciones. Buscan, por ejemplo, determinar si pueden solubilizar fósforo, fijar nitrógeno, controlar determinados patógenos o colaborar para que una planta tolere mejor situaciones de estrés.
El proceso arranca en laboratorio, continúa en invernadero y finalmente debe validarse a campo. En esa búsqueda, los investigadores también viajaron a Tierra del Fuego, donde encontraron la misma especie vegetal que habían estudiado en la Antártida y avanzaron con nuevas prospecciones. De aquellos trabajos surgieron microorganismos que posteriormente comenzaron a evaluar para usos agrícolas.
Mirá la entrevista con Julia Mensa:
El primer resultado comercial de este emprendimiento ya está en el mercado. Se llama Yamana Cold y es un bioestimulante microbiano para tratamiento de semillas formulado a partir de Pseudomonas fluorescens NB1, una cepa seleccionada en ambientes australes. El producto cuenta con registro del Senasa y puede incorporarse al tratamiento de semillas junto con otras herramientas que ya utiliza el productor.
Ese último punto forma parte de la filosofía de Nunatak. “Creemos que la industria de biológicos vino para sumar, no para reemplazar”, afirmó Mensa. La apuesta, explicó, es desarrollar productos compatibles con los esquemas actuales, sin obligar al productor a modificar completamente su manejo.
En soja, la empresaria indicó que los ensayos mostraron alrededor de 25% más de nodulación y una mejora de aproximadamente 4% en rendimiento respecto de tratamientos con Bradyrhizobium. Según sus cálculos, el costo del tratamiento equivale a unos 10 kilos de soja por hectárea.
Son datos aportados por la propia compañía a partir de sus evaluaciones a campo y forman parte de una discusión que también atraviesa a toda la industria de los biológicos: cómo conseguir que una tecnología basada en organismos vivos tenga resultados suficientemente consistentes frente a la variabilidad de ambientes y campañas.
Mensa reconoce el desafío. “Entendemos que la variabilidad de un producto biológico es mayor a la de un producto químico por su naturaleza biológica. Entonces hay que seguir profundizando en innovación y tecnología para dar consistencia y eficacia a lo largo del tiempo”, señaló.
Por eso Nunatak no se limitará a buscar una bacteria con alguna característica interesante. También estudia el microbioma de los cultivos, es decir, el conjunto de microorganismos que interactúan con ellos, para observar qué sucede cuando se incorpora una nueva cepa.
La startup comenzó formalmente a fines de 2023. Su laboratorio funciona en el Parque de Innovación de la ciudad de Buenos Aires y el escalado productivo se realiza en la cordobesa Río Cuarto. Después de poner en el mercado su primer producto, ya tiene otros tres desarrollos en camino.
Entre las líneas que estudia aparecen microorganismos destinados al biocontrol de patógenos y también combinaciones de distintas cepas. La idea es poder “apilar” funciones: que un microorganismo contribuya, por ejemplo, a la nutrición y otro ayude a soportar determinados estreses abióticos, como frío o salinidad.
Allí aparece, para Mensa, buena parte de lo que todavía queda por descubrir en el territorio de los bioloógicos. “Menos del 1% de los microorganismos de los suelos del mundo están estudiados por la humanidad”, sostuvo.
Y aquel pastito antártico vuelve entonces a cobrar sentido. Nunatak no pretende llevar la Antártida a la Pampa Húmeda, sino entender qué herramientas biológicas permiten que una planta sobreviva donde casi ninguna otra podría hacerlo, aislarlas, estudiarlas y comprobar si alguna también puede servir cuando el escenario es bastante más amable: un lote de soja, trigo o maíz.
El tiempo dirá si tuvieron tanto éxito como aquella plantita fundante.