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Nada que ver con el turismo de estancia: En San Andrés de Giles dos amigos crearon en una chacra un espacio para recibir visitas que quieran vincularse de otro modo con los caballos y el campo

En una chacra ubicada en las afueras de San Andrés de Giles, al norte de la provincia de Buenos Aires, Daniel Hernández y Martín Orcellet, han creado un espacio que, en primera instancia, sorpre...

Nada que ver con el turismo de estancia: En San Andrés de Giles dos amigos crearon en una chacra un espacio para recibir visitas que quieran vincularse de otro modo con los caballos y el campo

En una chacra ubicada en las afueras de San Andrés de Giles, al norte de la provincia de Buenos Aires, Daniel Hernández y Martín Orcellet, han creado un espacio que, en primera instancia, sorpre...

En una chacra ubicada en las afueras de San Andrés de Giles, al norte de la provincia de Buenos Aires, Daniel Hernández y Martín Orcellet, han creado un espacio que, en primera instancia, sorprende visualmente porque los visitantes no se hallan con la clásica llanura pampeana, sino con lo que ellos llaman con orgullo “monte nativo”. Aclaran desde el inicio que no quisieron hacer un clásico emprendimiento de turismo rural y cabalgatas, sino que lo diseñaron para que las visitas se vinculen de modo muy especial con los caballos y el campo.

Al lugar se llega por la autopista de la Ruta 7, hay que bajar a la altura del cruce con la Ruta 41 y desviar a mano izquierda, sólo 2 kilómetros.

Daniel y Martín, con mate en mano, abren la tranquera de su chacra para recibir a las visitas, que en su mayoría provienen de Buenos Aires. Las sorprenden con su frondoso y casi impenetrable monte nativo, compuesto de espinillos, talas, algarrobos, molles, curupís, pezuñas de vaca y mucho más. “Traje una semilla de caldén, la germiné y ya está creciendo”, señala Daniel.

Explican que para ellos es un pequeño experimento de reserva ecológica, donde se han aquerenciado cuises, liebres, zorros, comadrejas, lagartos overos, peludos y una enorme diversidad de pájaros multicolores. “Es que si querés tener abundancia de aves, plantales árboles nativos”, asevera, Daniel.

Las visitas ingresan caminando por un sendero cerrado, que conforma casi un túnel frondoso de plantas nativas, cuando de pronto se llega a un espacio abierto y su vista se topa con una imponente cabaña hecha de barro. La hizo Marcelo, hermano de Daniel, quien es un apasionado de la permacultura y había comprado esa chacra de 8 hectáreas en 2002 para vivir en ella y trabajarla. Fue él quien comenzó a plantar las nativas y el pastizal, pero en 2017 se fue a vivir a Europa.

La amistad de Martín y Daniel surgió a partir de su común pasión por los caballos. Es curioso que ambos provienen del conglomerado de Buenos Aires. Daniel, de Villa Devoto y Martín de Lanús, además de dedicarse a profesiones duras: Daniel trabajaba de ingeniero en sistemas hasta el año pasado, de modo que, si bien tiene a su familia en Buenos Aires, ya pasa varios días de la semana en el campo. En cambio, Martín, es licenciado en economía y aún trabaja en Buenos Aires, acudiendo a la chacra sólo los fines de semana.

Pero ambos propietarios reconocen que, desde chicos, su mayor pasión ha sido el campo y los caballos. Explican que los dos tienen raíces rurales por parte de sus ancestros y reconocen que su vocación más profunda, no son las ciencias, sino la vida campera y los nobles equinos.

Comenzaron a trabajar juntos, como guías de cabalgatas en el emprendimiento turístico de una alemana, en San Andrés de Giles, donde además tenían sus propios caballos. Pero en 2012, el mismo cerró y decidieron comprarle el campo a Marcelo. Se asociaron en un emprendimiento que tiene por objetivo su disfrute personal, y además, generar experiencias donde el visitante “no observe el campo desde afuera, sino que lo viva desde adentro, a través del caballo y del monte nativo, que le reflejan otra manera de habitar el campo”, señala Martín.

La casa de barro tiene las camas en un piso superior y capacidad para 6 personas. A poca distancia, construyeron una posada con comedor y dos habitaciones matrimoniales, donde no hay televisor, sino que se invita a contemplar el paisaje por la ventana, o el fuego en una salamandra ubicada a los pies de la cama. Detrás de la parte del alojamiento, en medio del monte, han hecho una pileta, al lado del molino. Luego, se llega a una pradera de pastizal natural, adonde se hallan pastando mansamente y en manada, unos 15 caballos de diversos pelajes, en su mayoría, criollos y dignos para una postal.

Daniel se para detrás de uno de los caballos e indica: “Vean que hago esto porque me siento seguro de que el caballo no me va a patear. El mismo, percibe nuestra actitud, mucho más de lo que nosotros creemos”, y aclara que si una persona tuviera miedo de hacerlo, pues que no lo imite, porque el caballo captará su emoción negativa y podría molestarse y reaccionar”.

Daniel refuerza: “Acá el protagonista es el caballo. Y, el vínculo que se genera entre la persona y el animal, es el corazón de la experiencia y nuestro principal diferencial. Además, concebimos al monte nativo como patrimonio vivo, que aporta valor ambiental y cultural. Por eso, además montamos dos huertas orgánicas y árboles frutales con el asesoramiento de la especialista gilense, Andrea Valjetic, y su hermana Majo nos asiste en la comunicación”.

Al lado del amplio corral construyeron la matera y el monturero, que por tener el aspecto de una estación de tren, fue que al emprendimiento lo bautizaron “La Estación”. A su lado, hicieron un quincho y un horno de barro, en el que ellos mismos les cocinan a las visitas alguna bondiola o un pollo con verduras y hortalizas de la huerta, acompañados con buenos vinos. También les gusta hacer asados, pero la atención es muy personalizada, lo mismo que el cuidado en la relación con cada caballo, que según su carácter, le asignan a cada visitante.

Martín explica que recién están empezando a brindar talleres y a hacer cabalgatas en la zona, para grupos reducidos, que pueden durar entre 2 y 4 horas. “Por eso hay que reservar con anticipación”, advierte, y agrega que están abiertos a recibir diversas propuestas, como el caso de un profesor de Reiki, que les alquila el predio una vez por mes, para dar su taller con caballos.

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A Daniel le gusta ocuparse del cuidado del monte, y a Martín, de la pradera. “El monte no es algo improductivo en los campos -enfatiza, Daniel-, sino que todos podrían tener al menos un 10%, el cual podría ser aprovechado para tener animales. Por ejemplo, tenemos pastizales naturales y en ciertas temporadas, se pueden ver a los caballos, comiendo los brotes de los espinillos y sus semillas. Lo que para nosotros son malezas o yuyos, los caballos los aprovechan”.

El 22 de mayo realizarán un encuentro de 3 días para 6 personas, y en su invitación han escrito: “Hay algo que cambia cuando dejás de querer controlar, cuando empezás a sentir de verdad. El caballo lo percibe, responde y en ese momento todo es distinto. Lo nuestro no es un curso tradicional, es una inmersión educativa y transformadora, diseñada para quienes buscan una conexión auténtica con la naturaleza y con ellos mismos”.

Y completa: “Será un encuentro íntimo, donde el aprendizaje se vive en la experiencia, conviviendo con la manada, compartiendo el tiempo y construyendo un vínculo real desde la empatía, el respeto y la confianza entre el humano y el caballo. El objetivo es entender cómo piensan y se comunican los equinos (etología y psicología), construir el vínculo desde el suelo (pie a tierra), montar desde la armonía, no desde el control (monta consciente), e integrar todo en una cabalgata final”.

Daniel señala que en su modo particular de concebir la relación humana con los caballos, tienen como principales referentes al puntano, Oscar Scarpati, a Polito Ulloa, Lucy Rees, Pat Parelli y Monty Roberts. Y Martín completa: “Desde nuestro lado, buscamos transmitir que no se trata simplemente de ofrecer cabalgatas y hospedaje en un entorno natural, sino de crear experiencias donde las personas vuelven a conectar con el caballo, con la paz de la naturaleza, que incluye a los animales, y con ellas mismas”.

Daniel y Martín eligieron dedicarnos “El alazán”, de y por Atahualpa Yupanqui.

 

Fuente: https://bichosdecampo.com/nada-que-ver-con-el-turismo-de-estancia-en-san-andres-de-giles-dos-amigos-crearon-en-una-chacra-un-espacio-para-recibir-visitas-que-quieran-vincularse-de-otro-modo-con-los-caballos-y-el-campo/

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