
Monte Alegre y convicciones claras: Rogelio Díaz trabajó con apicultores en Italia y volvió a Córdoba convencido de que la miel debe venderse diferenciada y con identidad
La Argentina es una potencia apícola y buena parte de la miel que produce termina viajando al exterior en grandes tambores, mezclada y prácticamente sin identidad para el consumidor. Rogelio Día...
La Argentina es una potencia apícola y buena parte de la miel que produce termina viajando al exterior en grandes tambores, mezclada y prácticamente sin identidad para el consumidor. Rogelio Díaz conoció otra lógica a ese commoditie mientras trabajaba durante la contraestación en Italia. Decidió intentar replicarla en las sierras de Córdoba, donde separa las mieles según las flores que visitaron las abejas para ofrecerlas como productos diferentes.
“Las empresas que tienen miel allá (por Italia) casi todas tipifican. Hay muchísimo valor agregado y hacen mucho hincapié en eso”, contó el apicultor a Bichos de Campo durante la última Exposición Rural de Palermo.
Díaz lleva unos diez años en la actividad y desde hace cuatro vive exclusivamente de ella. Es además primera generación de apicultores profesionales y recientemente puso en marcha Apícola Bosque Alegre, una marca con la que comenzó a fraccionar y vender sus propias mieles en el mercado interno.
Su propuesta tiene una particularidad que salta a la vista cuando los frascos aparecen uno al lado del otro: las mieles tienen tonos muy diferentes. También, asegura, cambian notablemente sus aromas y sabores.
“Se puede conseguirse cosechar diferentes tipos de mieles a través del manejo que uno vaya haciendo”, explicó. Para lograrlo no alcanza con instalar las colmenas y esperar. Díaz debe conocer cuáles son las especies disponibles en cada zona y, sobre todo, en qué momento florece cada una. Es lo que le permite retirar una cosecha antes de que comience la siguiente floración y evitar que las mieles terminen mezclándose.
En su zona de influencia, que es la hermosísima Traslasierras, “convergen diferentes especies que tienen distintos tiempos de floración. Al saber esa curva, nosotros podemos ir cosechando después de que termine una floración para que no se mezclen y poder llegar a tipificar el producto”, señaló.
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Parte de ese trabajo implica practicar trashumancia, es decir, trasladar las colmenas siguiendo las floraciones.
En el noroeste cordobés, por ejemplo, Díaz aprovecha distintas especies del monte nativo y obtiene mieles de algarrobo y mistol. Hacia finales de diciembre vuelve con sus colmenas a las sierras, donde realiza una cosecha más pequeña de una miel multifloral que comercializa como miel de monte y en la que predominan, según explicó, el palo amarillo y el romero.
En todas esas zonas serranas juega con una ventaja: sus apiarios están lejos de la producción agrícola. “Son todos campos de sierra, hay muchísima piedra. No hay ni ganadería ni agricultura en la zona”, explicó el productor. Eso le evita tener que tomar precauciones por la aplicación de agroquímicos que pueden llegar a dañar sus apiarios.
La experiencia de Díaz con las abejas, sin embargo, comenzó bastante lejos de Córdoba. Aunque su abuelo no era apicultor profesional, vivía en el campo y mantenía algunas colmenas para consumo propio. De él conserva todavía una vieja herramienta. “Mi abuelo tenía sus cuatro colmenitas. Yo era muy chico cuando falleció, pero heredé su pinza, que la tengo en la caja de herramientas, algunos materiales y unas colmenas abandonadas”, recordó.
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El verdadero empujón llegó cuando, con unos 20 años, vivió un tiempo en Brasil y conoció una empresa apícola que trabajaba con cerca de mil colmenas de manglar, en un ecosistema próximo al mar. “Ahí medio que me picó el bichito de la apicultura”, resumió.
Ya de regreso en Córdoba pasó por la Unión Córdoba Apícola y trabajó junto a distintos productores y empresas. Pero fue otra experiencia en el exterior la que terminó de darle forma a la idea que hoy intenta desarrollar. Durante varios años aprovechó el otoño argentino para viajar a Italia y trabajar durante cuatro meses y medio o cinco meses en empresas apícolas. En aquel momento tenía una cantidad de colmenas que le permitía ausentarse durante la contraestación. Hoy, aclaró, por la escala que alcanzó su producción ya no podría hacerlo.
Allí observó que la diferenciación de las mieles era una práctica habitual. “Es algo que traje de allá. Argentina tiene posibilidades inmensas y no tiene techo, porque culturalmente recién se está empezando con este producto”, afirmó.
A diferencia de otros alimentos argentinos que desarrollaron durante décadas una cultura alrededor de sus variedades, regiones y características particulares, Díaz considera que la miel todavía carga con una larga tradición de producto indiferenciado. “Como se ha apuntado siempre mucho al mercado de exportación, ese trabajo (de diferenciación) quedó un poquito relegado en la historia de la Argentina. Pero se está empezando a hacer poco a poco”, sostuvo.
Es que que más de 90% o incluso 95% de la miel argentina se comercializaría a granel, aunque ese dato está en discusión: “Hay mucha miel que se vende en negro y que por ahí no aparece realmente en las estadísticas, así que no sé qué tan cierto será ese 95%. Yo creo que es un poquito menos y que se mete un poco más de lo que se dice en el mercado interno, pero queda muchísimo camino por recorrer”, señaló.
Para el apicultor, justamente allí aparece una oportunidad de vivir de lo que le gusta. Por eso, en lugar de considerar a otros productores que comienzan a fraccionar y diferenciar mieles como sus competidores, entiende que cuantos más sean, más posibilidades habrá de construir un mercado.
“Cada productor que se mete a fraccionar miel es alguien que está educando al consumidor y que aporta a hacer conocer este producto”, afirmó con cierta sabiduría.