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Memorias de una maestra rural: “Tuve al agua encima del capot y aun así había que llegar, porque los chicos estaban esperando”, relata Alejandra Comas, que padeció durante décadas el mal estado de los caminos

Alejandra Comas fue docente rural en el partido de Bolívar, en la provincia de Buenos Aires, y su historia es la de tantos maestros que sostienen la educación en el interior profundo a fuerza de...

Memorias de una maestra rural: “Tuve al agua encima del capot y aun así había que llegar, porque los chicos estaban esperando”, relata Alejandra Comas, que padeció durante décadas el mal estado de los caminos

Alejandra Comas fue docente rural en el partido de Bolívar, en la provincia de Buenos Aires, y su historia es la de tantos maestros que sostienen la educación en el interior profundo a fuerza de...

Alejandra Comas fue docente rural en el partido de Bolívar, en la provincia de Buenos Aires, y su historia es la de tantos maestros que sostienen la educación en el interior profundo a fuerza de vocación y de pura resistencia.

“Yo vivo en San Carlos de Bolívar, pero trabajé siempre en zona urbana y en zona rural, hasta los últimos cuatro años que me dediqué exclusivamente a la ruralidad”, contó a Bichos de Campo.

Su elección no fue casual del todo: “Mi familia toda la vida vivió del campo. No me crie ahí, pero pasaba muchísimas horas y siempre me apasionó la comunidad de las escuelas rurales”.

Ese vínculo venía de lejos. “Desde mis bisabuelos tuvimos campo. Mi bisabuelo fue uno de los fundadores de Carbap. Vivíamos mirando el cielo, rogando que lloviera o que no lloviera. Era otra época, sin la tecnología de hoy”.

Pero más allá del origen, lo que terminó de convencerla fue la experiencia concreta en el aula. “La escuela rural no es solo una institución para brindar conocimiento. Tiene una función social, creativa. Es todo. Hay nenes que viven muy aislados, entonces la escuela es el lugar donde socializan, donde comen, donde hacen educación física, plástica. Es un mundo”.

También es, muchas veces, la única oportunidad. “La familia rural ve a la educación como la posibilidad de que sus hijos salgan adelante. Y muchos chicos ayudan en el campo desde muy chiquitos”.

Sin embargo, ese rol central choca con una realidad cada vez más adversa. “Cada vez hay menos apoyo. Las escuelas dependen mucho de las cooperadoras y los municipios no invierten como deberían los fondos educativos. Si reciben 100, no te dan 100”, denuncia.

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En ese contexto, la precariedad se vuelve cotidiana. “Nosotros tuvimos que poner hasta un generador eléctrico con la cooperadora. Rifas, ventas de tortas, lo que sea. Y la maestra rural lleva muchísimo material de su casa. Es maestra, asistente social, psicóloga… todo”.

Pero si hay algo que marca la diferencia, para mal, son los caminos: “Eso es lo peor. Mi movilidad era un Renault 4 modelo 77 que quedó destruido y yo literalmente encerrada con el agua arriba del capot”.

La descripción no es exagerada: “Hacíamos 30 kilómetros de tierra. Nadie se molesta en recorrer lo que hacemos los docentes. Es imposible”.

Esa falta de mantenimiento no es solo una incomodidad: condiciona todo el sistema. “Hoy los propios productores se tienen que poner a arreglar los caminos. La tasa vial es una estafa, porque no tiene contraprestación”, asegura.

El impacto llega directo a los chicos. “Estamos hablando de si pueden o no llegar a la escuela. Y la mayoría no son hijos de patrones, son hijos de peones. El patrón puede mandar al hijo al pueblo, ellos no”.

Incluso hay situaciones que rozan lo absurdo: “Si la familia supera determinado ingreso, aunque la combi pase por la tranquera, no levanta al chico. Eso no ayuda a que las escuelas estén pobladas”.

Durante la pandemia, la desigualdad se profundizó. “Las familias tenían un solo celular para varios chicos. Nos turnábamos las maestras. A mí me tocó atender a un alumno a la 1:30 de la mañana, porque era el único momento que tenía”.

A todo eso se suman las carencias estructurales: “Ya no hay programas médicos como antes. Y si tiene que entrar una ambulancia, no llega. O entra y no sale”.

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En ese contexto, tampoco es fácil conseguir docentes. “El salario no es equivalente al sacrificio. Muchos quieren ir, pero tienen que pensar en el bolsillo. La vocación sola no alcanza”.

Y cuando alguien decide hablar, las consecuencias aparecen. “Yo sé que esto me condena en algunas cosas. No les gusta que uno hable. Yo lo puedo hacer porque estoy jubilada. Cuando estaba en actividad, lo sufrí. Hay un poder coercitivo”.

A pesar de todo, Comas no se queda solo en la queja. También rescata lo esencial de su vocación. “Ver que un nene aprende a leer, a escribir, es un regalo. El cariño de los alumnos y de los padres, eso no tiene precio”.

Y deja un mensaje final que sintetiza su experiencia: “La escuela rural es un semillero. Pero parece que la dejan de lado, como si no importara. Y sin caminos, sin servicios, sin educación, es imposible que la gente se quede en el campo”.

Una historia que, lejos de ser excepcional, se repite en buena parte del interior productivo argentino. Donde para enseñar, primero hay que poder llegar.

Fuente: https://bichosdecampo.com/memorias-de-una-maestra-rural-tuve-al-agua-encima-del-capot-y-aun-asi-habia-que-llegar-porque-los-chicos-estaban-esperando-relata-alejandra-comas-que-padecio-durante-decadas-el-m/

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