
Lucía “Lupulina” Molina encontró otro negocio en el corazón de la cerveza artesanal: Elaborar cosmética natural a base de lúpulo
En San Carlos de Bariloche, donde la cerveza se volvió parte de la identidad local, hay quienes hicieron que el lúpulo deje de ser solo un insumo para esa bebida para transformarse también en ma...
En San Carlos de Bariloche, donde la cerveza se volvió parte de la identidad local, hay quienes hicieron que el lúpulo deje de ser solo un insumo para esa bebida para transformarse también en materia prima de otro tipo de producción. Esa reconversión aparece en escala chica, casi artesanal, pero con la lógica de aprovechar un recurso que abunda en la región y explorar usos alternativos.
En ese cruce se inscribe el proyecto de Lucía Molina, que decidió llevar el lúpulo fuera del circuito cervecero y convertirlo en base de una línea de cosmética natural.
El nombre elegido para su emprendimiento, “Lupulina”, no es casual. Remite directamente al componente esencial del lúpulo, esa glándula que concentra sus propiedades y que también explica su valor tanto en la cerveza como en otros usos posibles. Desde ahí parte una iniciativa que nació sin planificación comercial y fue tomando forma a partir de la demanda. Hoy Lucía o “Lupulina”, como la conocen, elabora todo tipo de productos a partir del lúpulo.
Según cuenta la propia Molina a Bichos de Campo, el origen del proyecto está vinculado a su trabajo en una famosa cervecería, donde tenía contacto cotidiano con cultivos de lúpulo. En ese contexto, y a partir de un interés personal por las plantas y sus propiedades, comenzó a hacer preparados por cuenta propia. Eran pruebas iniciales, sin una estructura detrás. Sin embargo, esos primeros productos empezaron a circular entre quienes participaban de cosechas o actividades vinculadas a la cerveza.
“Me pidieron si podía elaborar algunos souvenirs para regalar, y ahí surgió la idea de hacer jabones, ungüentos, todo con lúpulo”, explica. Ese punto marca el pasaje de una práctica personal a una producción más sostenida, todavía en escala pequeña pero con un eje definido de trabajar específicamente con esa planta.
El desarrollo posterior mantuvo esa lógica. Aunque reconoce que utiliza otras especies, el foco sigue puesto en el lúpulo, en parte por su inserción en el ámbito cervecero y en parte por las propiedades que le atribuye. “El lúpulo es antioxidante, antiséptico, y es superrelajante”, señala. Esa combinación es la que traslada a los productos cosméticos, principalmente jabones y labiales, pero también preparados que pueden aplicarse directamente sobre la piel.
El proceso productivo arranca con la materia prima, que obtiene a partir de cosechas en distintas cervecerías de la zona. Molina participa directamente en esa recolección, lo que le permite seleccionar y conservar el lúpulo según sus necesidades. Una parte se seca para su uso posterior y otra se procesa en forma de extractos o aceites, que luego se incorporan a las formulaciones.
“Lo guardo de manera correspondiente para poder usarlo durante todo el año, o hago las extracciones y los guardo en aceites”, detalla. A partir de ahí elabora distintos productos, siempre en base a métodos que define como tradicionales.
Mirá la entrevista completa con Lucía Molina:
El esquema de producción remite a prácticas previas a la industrialización. Utiliza aceites vegetales -principalmente de almendra- como base para extraer las propiedades de las plantas mediante calor. Luego incorpora cera de abeja para lograr la consistencia final de ungüentos o cremas. “Son fórmulas ancestrales, las que usaban nuestras abuelas”, resume.
Aunque el lúpulo es el eje, el proyecto incorpora otras plantas, tanto nativas de la zona como introducidas. En ese punto aparece una segunda línea de trabajo, vinculada a la valorización de especies de la Patagonia. La Paramela, (Adesmia boronioides) por ejemplo, es una de las que utiliza por sus propiedades asociadas a la circulación y al alivio de dolores musculares. También aparecen la rosa mosqueta y la lavanda, más conocidas en el circuito turístico.
“Estamos trabajando para que las plantas medicinales de la Patagonia también formen parte de la identidad”, plantea Molina. La idea, en este caso, no es solo productiva sino también de difusión: que quienes visitan la región reconozcan esas especies y sus usos.
El recorrido de Lupulina muestra un proceso que se repite en distintas economías regionales, donde un insumo asociado a una actividad principal —en este caso, la cerveza— empieza a generar derivados en otras áreas. En Bariloche y en localidades cercanas como El Bolsón, donde el lúpulo tiene presencia consolidada, ese tipo de iniciativas encuentra condiciones favorables para desarrollarse.
“Nos encanta que la gente conozca más de sus propiedades”, resume Molina.