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La principal enemiga: En Mendoza techan las plantaciones de cerezas con lonas plásticas para librar una guerra contra las lluvias

La lluvia siempre es una bendición para el campo, pero a veces, por su superabundancia o por su inoportuna presencia puede ser una letal enemiga. Es lo que ocurre en Mendoza, y en el país con los...

La principal enemiga: En Mendoza techan las plantaciones de cerezas con lonas plásticas para librar una guerra contra las lluvias

La lluvia siempre es una bendición para el campo, pero a veces, por su superabundancia o por su inoportuna presencia puede ser una letal enemiga. Es lo que ocurre en Mendoza, y en el país con los...

La lluvia siempre es una bendición para el campo, pero a veces, por su superabundancia o por su inoportuna presencia puede ser una letal enemiga. Es lo que ocurre en Mendoza, y en el país con los montes de cereza, donde los productores dan la batalla con una solución que resultaría incrédula para cualquier bicho de ciudad.

Y no es que llueva demasiado en las zonas donde tradicionalmente se producen cerezas. En lo que respecta a Mendoza, llueve unos 200 milímetros en todo el año, una cantidad que puede precipitar tranquilamente en apenas 48 o 72 horas en la Pampa Húmeda.

No obstante, entre los meses más lluviosos, el binomio septiembre/octubre tiene lo suyo. Así, justo cuando arranca la primavera y la cereza está lista para ser cosechada, enfrenta su momento más difícil.

No es un tema menor para Mendoza ya que es la principal productora de cerezas de la Argentina, y con una ventaja respecto del resto que la transforma en un negocio rentable sobre otras producciones frutícolas.

Esa ventaja es su cosecha temprana, porque es la primera que se recolecta de la planta en todo el país, lo que le da el nombre de cereza primicia y le permite entrar a los mercados internacionales del hemisferio norte a precios muy cotizados, ya que aparece justo cuando del otro lado del mundo no hay cerezas para cosechar, aunque si hay demanda para consumirlas.

Así lo testimonia a Bichos de Campo, el presidente de la Cámara de Cerezas de Mendoza, Diego Aguilar, quien explica que “actualmente, en la provincia se producen unas 6.000 toneladas y se exporta casi la mitad, principalmente a Europa y China, siendo Inglaterra el mercado de destino que rankea en el primer puesto”.

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Aguilar puntualiza que esta condición de primeriza, permite que el negocio sea rentable y que con pequeñas unidades productivas se pueda sostener un emprendimiento.

Sin embargo, no todo es un camino de rosas. La cereza tiene sus particularidades. Como todo frutal, necesita entre 600 y 900 horas de frío, frío de verdad, de puro invierno, para que a la llegada de la primavera brinde una generosa producción y de alta calidad. Por lo que, si aparece un invierno flojo que no haga honor a su fama, la producción también será floja.

La segunda, es que, con el arribo de la primavera, la cereza necesita un momento de calor que le dé ese empujón final, la maduración necesaria para ser cosechada a tiempo. Si ese proceso se demora o es más progresivo, como sucede en zonas ubicadas más al sur, la cereza deja de ser primicia porque se cosecha más tarde y llega al mercado cuando ya hay stocks disponibles, siendo el precio mucho menos atractivo.

En el caso de Mendoza, esta virtud de ser la primera se circunscribe a una pequeña franja del mapa donde se dan esas condiciones, entre el norte del Valle de Uco y Sur del Gran Mendoza, aunque ahora se está experimentando en el extremo norte de la provincia, ya que allí, el clima semidesértico ofrece grandes amplitudes térmicas que garantizan las horas de frío en el año, y el calor suficiente cuando le llega el turno a la primavera. La incógnita aún es el rendimiento final de las plantas en cuanto a volumen.

La tercera particularidad tiene que ver con el momento de la cosecha. La cereza solo se puede cosechar en un momento exacto: cuando está lista para ir al plato. Ese momento, que es al inicio de la primavera, puede tener un actor mortal: la lluvia.

“Las lluvias de primavera son nuestras principales enemigas -revela Aguilar- porque provoca que el fruto se parta, a lo que se suma la complicación de que se puede cosechar solo cuando está en el punto en que la vas a comer, cuando el azúcar da más de 16 grados brix, pero no antes. No se puede cosechar cuando está verdecita como otras frutas”.

“Entonces -continúa- si la planta absorbe agua por las raíces, por exceso de riego o porque ha llovido, esto hace que el agua penetre, las células se dilaten y la cereza se abra, se parta, y ahí ya no tiene valor comercial alguno”.

Como el riego se controla, Aguilar revela cómo se libra la batalla contra lo que no se controla: las lluvias. “Hay algunos manejos y alguna tecnología que se están incorporando muy a de poco en Mendoza”.

Así como en la antigüedad la humanidad amurallaba las grandes ciudades para defenderse de los ataques externos, los productores de cereza, comenzaron, literalmente, a techar las plantaciones con una lona impermeable tejida de polietileno de alta densidad, para protege el fruto y deja a la lluvia fuera de juego.

Esa solución simple y contundente no es un chiste. Aguilar precisa que “colocar la estructura y la lona cuesta unos 40.000 dólares por hectárea”. ¡Sí! ¡Por hectárea! Y no dura para toda la vida. “Tienen una vida útil de 6 o 7 años”, precisa.

Pero como contrapartida, la inversión permite elevar el rinde de producción casi al cien por ciento de la superficie cubierta, que a su vez eleva los ingresos y amortiza la instalación de los techos, garantizando buenas ganancias en las próximas cosechas.

Sin embargo, el titular de la Cámara de Cerezas de Mendoza aclara que el techado de las plantaciones es una práctica reciente, de hace menos de 10 años en el mundo y aún más incipiente en Cuyo y por eso “en Mendoza tenemos unas 50 hectáreas en esa condición, de un total de 750, mientras que Río Negro, que está creciendo mucho en la actividad, y más adelantado en esta práctica, tiene unas 350 techadas”.

Aguilar también destaca que el techado de la plantación es la única garantía para no padecer pérdidas: “Si viene un inversor y te dice: ‘Mira, yo quiero asegurarme la cosecha de la fruta’, tenés que pensar en ponerle techo sí o sí, porque es la única manera que vos te asegurás el flujo comercial o el de pagar cualquier crédito que hayas tomado para hacer la plantación”.

Para Mendoza techar una finca no es una rareza, ya que hace más de dos décadas, los productores vitivinícolas se vieron en la obligación de hacer toldos con malla antigranizo para evitar pérdidas.

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“El techado se hace con postes de madera de 6 metros, alambres, cables, tensores, igual que tela antigranizo” por eso aquí tenemos mucho conocimiento con el tema. Sin embargo, tiene la particularidad de que hay que enrollarla una vez que llovió o pasó el riesgo de lluvias”, detalla Aguilar.

Esta tarea de desenrollar cada vez que el pronóstico meteorológico avisa que va a llover y enrollar después que pasa el riesgo parece tediosa, aunque totalmente posible. “Hay algún sistema mecánico que anda bastante bien, pero sino, se desenrollan y enrollan manualmente. No es una complicación, son jornales que se le agregan a la operación y que con una cuadrilla de personas se recoge el techo de una hectárea en un rato”, explica el dirigente empresario.

Enrollar el techo tiene una motivación puntual: el viento. La primavera es una de las temporadas del año en las que corre viento Zonda, que particularmente en las zonas rurales puede soplar entre 50 y 100 kilómetros por hora convirtiéndose en un peligro para los toldos de cereza, que ya han sido víctimas del fenómeno, siendo arrasados por este porque produce un efecto vela.

Poder asegurar la cosecha, por lo tanto, es una meta irresistible para cualquier productor. Por eso, en la actividad creen que, aunque recién se empieza en Mendoza, la cantidad de hectáreas cubiertas con el techado plástico de polietileno se va a ir expandiendo, como así también se va a expandir la cantidad de hectáreas cultivadas.

En ese sentido, la provincia tiene 750 hectáreas de cereza, el 33% de la superficie cultivada en todo el país, pero Diego Aguilar afirma que “en poco tiempo vamos a llegar a las 1.300 que supimos tener en el año 2000”.

Aquellas 1.300 hectáreas de comienzos de siglo, fueron desapareciendo de a poco porque la variedad del fruto que se utilizaba no tenía grandes volúmenes de producción. Entonces, se apostó a la reconversión. La zona cultivada en Mendoza cayó a 600 hectáreas y ya está en las 750.

Al respecto, Aguilar resalta que “con las 750 hectáreas de ahora producimos más volúmenes de cerezas que con las 1.300 de hace 25 años, por eso la superficie cultivada va a seguir creciendo”.

De hecho, crece el interés de nuevos jugadores, grandes y pequeños, que quieren ingresar al mercado, cuya principal atracción son los rindes y la baja cantidad de hectáreas que se necesitan para una producción sustentable.

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“Hay muchas consultas de nuevos inversores porque hoy, con 5 hectáreas de cereza utilizando una variedad autofértil (en la que el proceso de polinización está garantizado) y con la tecnología que tenemos actualmente, se tiene una unidad autosustentable”.

Variedades autofértiles con mayor volumen de producción, mayor cantidad de plantas por hectáreas, techado de las plantaciones y riego por goteo, son los manejos innovadores que han permitido a lo largo de los años producir más con menos.

Estos cambios han impulsado a la Cámara de Cerezas de Mendoza a promover la diversificación sumando cereza en viñedos y otras plantaciones, un concepto que busca potenciar una finca y no reemplazar lo que está cultivado.

No obstante, aun con el auspicioso pronóstico de recuperar las 1.300 hectáreas históricas, tanto Mendoza como la Argentina seguirían muy lejos de las potencias mundiales. Una de esas potencias está al otro lado de la cordillera. Se trata de Chile, el primer productor y exportador mundial de cerezas.

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Chile cuenta con 80.000 hectáreas cultivadas y el 95% de la producción se la vende a China, donde su consumo es muy popular, además de ser muy utilizada en distintas festividades.

Claramente, la Argentina no tiene una extensión cultivada ni el volumen de producción para competir con Chile, pero Mendoza cuenta con un as de espadas y esa es la cereza primicia, que le permite no tener competir con Chile, sino esquivar a Chile, pasarlo por encima, porque el país vecino cosecha después de Mendoza.

Esta diferencia es la que le permite a la producción de cerezas cuyanas llegar al mercado mundial del hemisferio norte en contraestación y a precios muy altos, porque allá no tienen cereza y la producción chilena aún no se ha cosechado.

Es la carta, que junto con el resto de las innovaciones metodológicas y tecnológicas le da un lugar prometedor a largo plazo.

Fuente: https://bichosdecampo.com/la-principal-enemiga-en-mendoza-techan-las-plantaciones-de-cerezas-con-lonas-plasticas-para-librar-una-guerra-contra-las-lluvias/

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