
La mujer detrás de las grandes causas rurales de Azul: “Cometo el error de decir siempre lo que pienso”, dice Cristina Boubee, una incansable luchadora por la dignidad en el campo
Tenía sólo 17 años cuando, tras la partida de su abuelo, se hizo cargo del campo familiar. Lo que más recuerda por aquel entonces era lo difícil de su decisión, a fines de los años setenta y...
Tenía sólo 17 años cuando, tras la partida de su abuelo, se hizo cargo del campo familiar. Lo que más recuerda por aquel entonces era lo difícil de su decisión, a fines de los años setenta y con una cultura que le dictaba que eso no era lo esperable de una mujer. Nunca le importó demasiado.
Si le preguntan, Cristina Boubee dice que morirá en ese mismo lugar, donde toda su vida construyó su sueño de ser ganadera. No hay sentimiento que considere más importante que el arraigo, y por eso honra la vida que construyó en la ruralidad haciendo crujir estructuras, como aprendió desde muy joven.
Una productora muy exitosa y una aguerrida referente que agita grandes causas en defensa de su sector. Quien puede estar en juicio con el intendente, o intimar al gobernador para hacer obras pendientes, pero, a la vez, preocuparse por arrear las vacas que cría en medio de los cerros de Azul.
“Cometo el error de decir siempre lo que pienso. Y eso no le gusta a la gente”, resume, con una pincelada que pinta de cuerpo entero a su propio personaje.
Hay detalles que, cual indicios, permiten reconstruir una historia completa. “Cuando uno cumple años ´redondos´, en la familia te dan animales de regalo. Yo tuve la suerte de que mi abuelo me regaló 15 vaquillonas a los 15 años y ahí empecé. Y tuve la mala suerte de que cuando llegué a las 32 cayó una centella y me mató 31. Me quedó una sola”, recuerda Cristina.
Varias veces tuvo que barajar y dar de nuevo para perseguir su sueño de ser productora ganadera en una zona y en una época en la que era más rentable hacer agricultura y a duras penas se podía sobrevivir con pocos animales. Pero fue el único gran objetivo que se propuso cumplir.
“Yo hacía cualquier cosa por tener vacas”, recuerda. Trabajó en pooles de siembra, y hasta convenció a su marido de dedicarse a la actividad. Como pudo, empezó a construir allí el planteo que hoy orgullosamente muestra: un esquema de cría arriba de las sierras, y unas 450 hectáreas donde tiene su feedlot y siembra, en su mayoría, para autoabastecerse.
Su campo se encuentra en la zona de Boca de las Sierras, yendo por la ruta 80 a algunos kilómetros desde Azul, y a algunos más de Tandil. El paisaje lo dibujan los antiquísimos cerros, los mismos que alguna vez miraron sus antepasados, porque Cristina es la séptima generación de la familia Pizarro Acosta, muy tradicional en aquella región.
“Haber tenido una familia que hizo tanto por este lugar, que brindó tanta educación, y se dedicó a que la gente creciera, para mí es un gran ejemplo. Yo voy a morir acá, no lo voy a abandonar nunca”, comenta la productora, no casualmente, en la entrada de la capilla que ella misma construyó en homenaje a su abuelo y donde hoy descansan gran parte de sus antepasados.
Hay una única gran causa que la moviliza, la de honrar esa larga historia y su propia vida productiva. Por eso, no puede evitar sentir tristeza al ver cómo se pierde la ruralidad, se despuebla la zona y se desmembra esa historia que tanto recuerda.
Es una respuesta a otro fenómeno, el de la profunda falta que atraviesa el campo: de infraestructura, de colegios, de oportunidades y de razones para quedarse. Contrario a lo que muchas veces se escucha en el sector, Cristina no encuentra responsables únicamente dentro del Estado o entre los políticos de turno, sino también en las entrañas de su sector.
“La culpa es de todos, porque los políticos son producto de los que votamos los ciudadanos. Y si al campo le falta es también culpa de los dueños de los campos, que no se hacen cargo de protestar, de involucrarse y ayudar”, expresa.
Sin ponerlo en esos términos, la productora habla de lo que en el sector corporativo llaman “responsabilidad empresaria”. Esencialmente, le pide a sus pares que no abandonar la única lucha que verdaderamente importa, la de lograr una vida rural más digna. Donde, en definitiva, haya razones para quedarse.
“Los dueños de los campos tienen que procurar que la gente que emplean acceda a la educación, tienen que saber el nombre de sus familias, tienen que hacerse cargo. Si estás al frente de una empresa, tus empleados dependen de vos, de tus ideas y de lo que decís. Podés tener 18 asesores, pero te tienen que ver la cara”, apunta, sin rodeos.
Tampoco puede ocultar su descontento con la dirigencia rural. “Yo creo que el gremialismo en la Argentina ha bajado la categoría de una forma increíble. Todos quieren el asiento, pero ninguno se pregunta para qué”, expresa.
Quizá, luego de tanto recorrido, y con demasiado hartazgo sobre sus espaldas, le quedaba por hacer algo más. Fue así como surgió, hace 4 años, Soluciones de Campo, una entidad que hoy nuclea a más de 180 productores y que pone los pies en el barro por las luchas cotidianas más espinosas.
Ya fueron a la Justicia y lograron que el intendente informe qué hace con el dinero de las tasas municipales. También presentaron un amparo al propio gobernador, Axel Kicillof, por el inexplicable aumento del impuesto inmobiliario. Grandes luchas libradas sin demasiada estructura y sin sellos dirigenciales detrás.
“Estamos orgullosos de haberlo hecho”, señala Cristina.
Al final del día, lo único por lo que tanto lucha es por mantener esa vida que construyó, en ese campo del que se tuvo que hacer cargo sin alcanzar la mayoría de edad y con una actividad que le corre por las venas.
Cristina es feliz arriba de los cerros, arreando cientos de cabezas a caballo y clasificando con mucho recelo la hacienda que sus abuelos le enseñaron a amar. Tiene un santuario construido a lo lejos, pero allí está el suyo.