
El tabaco lo hace renegar, pero Rodrigo Cornejo no se fue de Chicoana y mucho menos dejó esa actividad que lleva en la sangre: Eso sí, achicó el cultivo y armó una finca con maíz, carne y dulces
El casco de la finca de Rodrigo Cornejo no necesita demasiada presentación. Está en Chicoana, Salta, y según cuenta el propio productor, su origen se remonta a la época de los jesuitas, cerca d...
El casco de la finca de Rodrigo Cornejo no necesita demasiada presentación. Está en Chicoana, Salta, y según cuenta el propio productor, su origen se remonta a la época de los jesuitas, cerca de 1700. En poder de la familia Cornejo está desde alrededor de 1900, tal vez un poco antes. Allí nació, se crió y sigue trabajando Rodrigo, en una zona que se identifica desde hace décadas con una producción muy particular: el tabaco.
Chicoana suele ser mencionada como la Perla Tabacalera. Allí se realiza la Fiesta Provincial del Tabaco, que en los hechos tiene proyección nacional, porque es una de las celebraciones más importantes del cultivo en la Argentina. En esa historia está metida también la familia Cornejo. El abuelo de Rodrigo ya hacía tabaco hacia la década de 1920 o 1940, su padre continuó con la actividad y él la mantiene hasta hoy.
Pero mantenerla no quiere decir depender solamente de ella.
La finca tenía originalmente 300 hectáreas y hoy conserva unas 270. En algún momento llegaron a hacerse cerca de 100 hectáreas de tabaco. Ahora son unas 50. El resto se fue acomodando en un esquema más diverso, con maíz, algo de sorgo, pasturas, alfalfa, poroto ocasional, ganadería de engorde y una fábrica familiar de dulces que terminó absorbiendo buena parte de la fruta producida allí mismo.
La explicación no tiene demasiado misterio: el tabaco puede parecer desde afuera un buen negocio, pero puertas adentro es una actividad de alto riesgo.
“Es un negocio con bastante riesgo”, resumió Cornejo. Este año, por ejemplo, sufrió tres granizadas y perdió cerca del 50% de su producción. En el tabaco lo que se vende es la hoja. Si el granizo la rompe, buena parte del trabajo queda en el camino.
A ese riesgo climático se le suma otro componente: es un cultivo intensivo en mano de obra. Aunque la actividad se tecnificó y ya existen plantadoras y cosechadoras, Rodrigo advierte que todavía hay muchas tareas que no se resuelven solamente con fierros. La plantación, el riego por surco, la cosecha, la carga y descarga de las estufas y el clasificado requieren de mucha gente.
Eso convierte al tabaco en un gran dinamizador social para la región, pero también en una actividad compleja para el productor. “Hay mucha gente trabajando, con todo el riesgo que eso implica”, explicó. Buena parte de esa mano de obra es transitoria y no siempre calificada, lo que agrega dificultades a una producción que ya viene cargada de variables.
El precio es otra. Según Cornejo, hay campañas en las que el acopio avanza durante semanas sin que el valor definitivo esté cerrado. “A veces terminamos el acopio y todavía no se cerró el precio”, contó. También aparece el Fondo Especial del Tabaco (FET), que compensa algo los precios, y toda la discusión política que rodea a la actividad.
La conclusión es bastante simple: el productor puede hacer todo lo que cree correcto, pero igual no sabe de antemano si el resultado será bueno o malo. Puede fallar el clima, puede fallar el precio, puede fallar alguna de las tantas variables que hacen a un cultivo muy delicado.
Por eso la finca fue achicando la proporción dedicada al tabaco y armando otras patas productivas. La principal es el maíz, con unas 130 hectáreas, más algo de sorgo y alfalfa. Esa agricultura no aparece solamente como alternativa económica, sino también como parte de un esquema de rotaciones y de integración con la ganadería.
Rodrigo ha montado un feedlot relativamente chico. Compra animales en la zona —sobre todo terneros, vacas y novillitos— y los engorda con alimento propio. No hace hotelería para terceros: compra, alimenta y vende animales terminados a matarifes, frigoríficos o carniceros salteños.
Allí aparece otra oportunidad. Salta todavía no produce toda la carne que consume y necesita complementar su abastecimiento desde otras provincias. Cornejo apunta a ese mercado local, más cercano y más lógico para una finca ubicada lejos de los grandes centros de consumo.
Además, dice que la hacienda de la zona mejoró mucho. Compra muchos animales provenientes de los cerros salteños, donde la genética avanzó bastante y ya casi no se ve aquel animal criollo más rústico de otras épocas. “No vamos a decir que es una terneza de la Pampa Húmeda, pero se logra buena carne”, reconoció.
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La otra pata viene de los frutales. En distintas crisis, la familia probó alternativas para no quedar atada al tabaco. Hubo fruta pensada para venta en fresco, pero la distancia a los mercados, la falta de escala y la necesidad de frío hicieron difícil ese camino. Entonces la fruta terminó en otro destino: los dulces.
La madre de Rodrigo empezó con una fábrica de dulces, luego se asoció con una hermana de él y el emprendimiento fue creciendo. Hoy buena parte de la fruta de la finca se transforma allí. Higos, duraznos, membrillos y otras producciones encuentran una salida con valor agregado, en lugar de viajar cientos o miles de kilómetros como fruta fresca.
No todas las pruebas funcionaron. Cornejo recuerda que en algún momento tuvieron “los huevos en diez canastas”. Probaron nogales, alcauciles, chaucha en microtúneles, frutilla y otros cultivos. Pero la diversificación excesiva también mostró sus límites. “Cuando uno se diversifica tanto, a veces no hace nada bien”, admitió.
Entonces volvieron a una fórmula más concreta: el tabaco como base, pero en menor escala; la ganadería integrada con el maíz; la fruta transformada en dulces; y el poroto como una opción ocasional, según el año y el mercado.
El tabaco, pese a todo, no desaparece de la ecuación. Rodrigo reniega, se adapta, reduce superficie y busca producirlo de la manera más eficiente posible. Pero no lo deja. En parte por historia familiar, en parte porque sigue siendo una actividad importante para la región y en parte porque, según su mirada, la producción argentina tiene un rol que no siempre se entiende cuando se habla de lucha antitabaco.
“El día que no se produzca tabaco acá, va a entrar el paquete de cigarrillos de afuera”, planteó. Y advirtió que muchas veces se trata de cigarrillos sin trazabilidad, de marcas baratas y con menos controles que los exigidos a la producción local. Además, recordó que una porción mayoritaria del tabaco argentino se destina a exportación.
Consultado sobre qué política agropecuaria haría falta para una zona como Chicoana, Cornejo no dudó: infraestructura. Caminos, rutas, ferrocarril y mejor conexión con los puertos argentinos o incluso con una eventual salida al Pacífico. Para una finca salteña, la distancia es una variable que puede definir si un negocio cierra o no. Buenos Aires queda a unos 1.500 kilómetros, y cada kilómetro pesa.
Aun así, el productor mantiene una mirada optimista. Cree que el país puede generar nuevas oportunidades y que el agro tiene mucho para aportar si se lo deja trabajar. En su caso, esa expectativa no está puesta en una sola producción, sino en varias patas que se complementan.
En Chicoana, el tabaco sigue siendo identidad, historia y trabajo. Pero en la centenaria finca de los Cornejo ya aprendieron que, para seguir de pie, conviene tener también alguna que otra canasta más.