
De la lana a la carne: Una familia neuquina apostó por el Texel y ya sueña con competir entre las mejores cabañas del país
Enrique Moya no se cree tan joven como su proyecto, pero lo es, y apuesta al campo para poder legar a sus hijos otra vida, tal como le pasó a él. Ubicado en Centenario, localidad de pioneros prod...
Enrique Moya no se cree tan joven como su proyecto, pero lo es, y apuesta al campo para poder legar a sus hijos otra vida, tal como le pasó a él. Ubicado en Centenario, localidad de pioneros productores frutícolas, viene de una familia que tuvo otro tipo de producción.
Unos 15 kilómetros de distancia separan a Centenario de Neuquén capital y 20 kilómetros separan a Cerrito de la Costa de Centenario, donde el productor ovino lidera su emprendimiento familiar enfocado en la raza de ovejas Texel, única cabaña en la zona.
Enrique transformó una tradición rural heredada en una cabaña especializada de genética pura tras experimentar con cruzas carniceras de alto rendimiento. Enumera convencido las ventajas productivas y el carácter dócil de estos animales, así como los desafíos de infraestructura y del clima Patagónico que debe atravesar.
El objetivo actual del proyecto es expandir el plantel de madres registradas y participar en exposiciones rurales para difundir las bondades de la raza. Finalmente, el entrevistado subraya que esta actividad representa un estilo de vida armonioso destinado a involucrar a las nuevas generaciones en el trabajo del campo.
“Nosotros retomamos la actividad en 2014, cuando falleció mi papá y se dividió el campo familiar. En ese momento seguimos con las ovejas que había, que eran Merino Australiano, pero enseguida vimos que con la cantidad de animales que teníamos la lana no era un negocio. Además, los corderos tardaban mucho en desarrollarse”, recuerda Moya.
Esa realidad los llevó a buscar alternativas. Primero experimentaron con cruzamientos utilizando razas carniceras para obtener un cruce terminal, hasta que hace cuatro años llegó el descubrimiento que cambiaría el rumbo del establecimiento.
“Cuando probamos Texel los resultados fueron fantásticos. Logramos corderos de unos 20 kilos de carne a los cuatro meses, algo que para nosotros fue un cambio enorme. Ahí entendimos que era la raza por la que queríamos apostar”, cuenta el productor.
El siguiente paso fue profesionalizar el proyecto. Durante la temporada 2024 adquirieron seis madres —entre puras controladas y de pedigree— junto con un carnero de pedigree proveniente de una reconocida cabaña de Chubut, propiedad de Daniel Solís. Desde entonces también forman parte de la Asociación Argentina de Texel.
Hoy el plantel está integrado por doce madres puras y dos carneros de distintas líneas genéticas, aunque el objetivo es mucho más ambicioso.
“La idea es llegar a tener entre 30 y 50 madres puras y seguir mejorando la genética. Elegimos trabajar con la línea inglesa porque nos gusta mucho su conformación, su estética y también el potencial productivo que tiene”, explica.
El establecimiento combina monte, costa de río, isla y sectores de meseta, características que obligaron a desarrollar un manejo adaptado a las condiciones del lugar.
Las ovejas se crían bajo un sistema semiconfinado con pastoreo rotativo sobre dos hectáreas, aprovechando especialmente los sectores de isla y ribera.
“Es un animal muy dócil. Se trabaja muy tranquilo, incluso con los chicos alrededor. Para nosotros eso también tiene muchísimo valor porque es un proyecto familiar”, afirma.
Pero si hay algo que destaca de la raza es que “el Texel es un animal netamente carnicero, muy musculoso, muy imponente. Comparado con una raza lanera prácticamente te da medio cordero más en rendimiento. La diferencia productiva realmente se nota”.
Como ocurre con buena parte de los productores patagónicos, la falta de agua también golpeó al establecimiento. “La sequía nos complicó bastante y hace poco tuvimos que hacer nuevos pozos para garantizar el agua de los animales. Son inversiones que no estaban previstas, pero que hoy son imprescindibles para seguir produciendo”, asegura.
Pese a esas dificultades, la familia no resigna sus objetivos. Este año ya trabajan para llegar en condiciones a la muestra Expo Rural del Neuquén, que se celebra en Junín de los Andes en el mes de enero.
“Ya tenemos organizada la logística, incluso el transporte propio para llevar los animales. Queremos que esa sea nuestra primera exposición como cabaña y mostrar el trabajo que venimos haciendo”, adelanta.
Detrás de la genética y los planes de crecimiento está el objetivo de construir un proyecto de vida para toda la familia. Su esposa y sus dos hijos participan diariamente de las actividades del establecimiento, algo que Enrique considera una de las mayores satisfacciones del trabajo rural.
“Más allá de producir, nosotros queremos que nuestros hijos crezcan acá, que disfruten esta forma de vida y, si ellos quieren, que el día de mañana puedan seguir con la cabaña”, expresa.
Para Moya, el campo ofrece un equilibrio difícil de encontrar en otro lugar. “Acá convivimos con las ovejas, las vacas, los caballos, las gallinas y los perros. Hay una armonía muy linda. Es otra vida. Ver crecer a los animales, trabajar en familia y construir algo propio tiene un valor enorme”, remarca.
Mientras la cabaña continúa consolidando su genética Texel, el sueño de esta familia neuquina se va transformando en un emprendimiento que nació como una necesidad productiva en una referencia de la ganadería ovina patagónica.