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De hacer vino en el garaje a apostar por la meseta: La historia de una bodega que desafía el mapa vitivinícola patagónico, en medio de pozos de petróleo y huesos de dinosaurio

En una región marcada a fuego por la industria del petróleo, donde el horizonte suele estar dominado por torres y no por viñedos, hay quienes se animan a correrse del libreto. Plaza Huinc...

De hacer vino en el garaje a apostar por la meseta: La historia de una bodega que desafía el mapa vitivinícola patagónico, en medio de pozos de petróleo y huesos de dinosaurio

En una región marcada a fuego por la industria del petróleo, donde el horizonte suele estar dominado por torres y no por viñedos, hay quienes se animan a correrse del libreto. Plaza Huinc...

En una región marcada a fuego por la industria del petróleo, donde el horizonte suele estar dominado por torres y no por viñedos, hay quienes se animan a correrse del libreto.

Plaza Huincul es una ciudad petrolera y paleontológica ubicada en el Departamento Confluencia, centro de la provincia del Neuquén. Su casco urbano se encuentra hermanado a la vecina ciudad de Cutral Co, sobre la Ruta Nacional 22, a unos 110 kilómetros de la capital provincial.

En allí donde el proyecto vitivinícola que impulsa Alejandro Beckmann —un ingeniero civil alma mater de la bodega “Principios y Finales”— nació lejos de cualquier plan de negocios. Fue, más bien, una necesidad personal.

“Esto no arrancó como una idea de hacer una bodega”, cuenta. “Fue algo que se fue dando con el tiempo, en una búsqueda por entender el vino desde la fuente”.

Y esa “fuente” lo llevó a lo más básico: hacer vino en su casa. Comprar uvas a productores de la zona, fermentar, probar, equivocarse, volver a intentar. Así, durante años. Sin etiquetas, sin marketing, sin apuro.

El camino de Alejandro, junto a Daniela, su esposa, no pasó por grandes inversiones iniciales, sino por la curiosidad. “Me puse a hacer vino de forma casera durante varios años. Hacía ocho o diez vinificaciones distintas por temporada, como para empezar a entender el proceso desde el inicio”, explica.

Esa etapa fue clave. Porque no solo le permitió familiarizarse con la técnica, sino también con las uvas de la región, sus comportamientos, sus tiempos. Y, sobre todo, con la idea de que el vino no empieza en la bodega, sino en el viñedo.

El punto de inflexión llegó cuando apareció la posibilidad de acceder a una hectárea en Plaza Huincul. “Siempre pensé en irme a zonas más tradicionales, como Añelo o alrededores, pero no podía. Y cuando surgió esto acá, lo vi como una oportunidad”, recuerda.

La decisión no fue menor. Plantar vides en la meseta patagónica no es, justamente, seguir el manual. Pero había señales.

Por un lado, el impulso que comenzó a tomar la vitivinicultura en localidades cercanas como Cutral Co. Por otro, su propia formación: cursos, diplomaturas, tecnicaturas. Y, sobre todo, la convicción de que el terroir tenía potencial.

A contramano de lo que podría pensarse, la meseta ofrece condiciones más que interesantes para la vid.

“La radiación solar es muy alta y la amplitud térmica es incluso mayor que en los valles tradicionales. Eso es clave para la calidad de la uva”, explica Alejandro.

A eso se suma un dato no menor: casi no llueve. Lejos de ser un problema, se convierte en una ventaja. Con riego por goteo y agua de pozo de buena calidad, el manejo hídrico es preciso. “Podés hacer viticultura de precisión, controlando cada etapa de la planta”, dice.

Y hay un aliado inesperado: el viento. Aunque puede complicar la estructura del viñedo, también cumple una función sanitaria fundamental. “En estos años no tuve enfermedades. Eso me permite no usar agroquímicos”, asegura.

El proyecto no se desarrolló en un vacío. La experiencia impulsada por el municipio de Cutral Co, con viñedos y su propia bodega, funcionó como una especie de validación.

“Ver que se estaban haciendo cosas en la zona ayudó a animarse. Te demuestra que se puede”, reconoce.

Pero hay algo más profundo: una búsqueda de diversificación productiva en una región históricamente atada al petróleo y al gas.

“Es una apuesta a decir que se pueden hacer otras cosas. Que con capacitación, esfuerzo y decisión, se puede construir una alternativa productiva distinta”, plantea.

Hoy, con el viñedo implantado y la bodega en funcionamiento, el objetivo es controlar todo el proceso. Desde la planta hasta la botella. “Para mí, el vino nace en el viñedo. Todas las decisiones que tomás ahí impactan en lo que después tenés en la copa”, sostiene.

Esa filosofía se traduce en prácticas de mínima intervención, con un enfoque cercano a la agricultura orgánica y regenerativa. La idea es dejar que el vino exprese lo que el lugar tiene para dar, sin maquillajes.

En lugar de apostar por una sola variedad, Alejandro eligió un camino menos convencional: el Field Blend o “corte de campo”.

En su parcela conviven Malbec, Cabernet Sauvignon, Cabernet Franc, Merlot, Syrah y Petit Verdot. Se cosechan en distintos momentos, se cofermentan en grupos y, finalmente, se ensamblan según cómo haya sido el año.

“El resultado es un vino que refleja esa cosecha en particular. Es irrepetible”, explica. En tiempos donde la estandarización domina, la propuesta va en sentido contrario: cada botella es única.

El proyecto está pensado a escala boutique: entre 3.000 y 3.500 litros por año, que se traducen en unas 4.500 botellas.

“Apunto a la calidad y, sobre todo, a la autenticidad que me da esta tierra”, dice.

Con la bodega inaugurada hace pocos días, se abre una nueva etapa. La idea es sumar degustaciones, eventos y turismo, y empezar a contar la historia hacia afuera.

“Esto es un proyecto experimental. Una chacra donde sigo aprendiendo. Y también algo que quiero compartir con quien quiera emprender”, afirma.

Después de años de prueba y error, de hacer vino en casa y de apostar por un lugar que muchos no mirarían, Alejandro parece tener algo claro: a veces, para encontrar un camino propio, hay que salirse del mapa.

Fuente: https://bichosdecampo.com/de-hacer-vino-en-el-garaje-a-apostar-por-la-meseta-la-historia-de-una-bodega-que-desafia-el-mapa-vitivinicola-patagonico-en-medio-de-pozos-de-petroleo-y-huesos-de-dinosaurio/

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