
Culminó la Semana Nacional de la Miel y en el sector quedaron dos consignas claras: No consumimos lo suficiente y todo crecimiento necesita acompañamiento
Con el Día Mundial de la Abeja, celebrado este 20 de mayo, el sector apícola culminó la décima edición de la Semana Nacional de la Miel, iniciativa que busca fomentar el consumo de este alimen...
Con el Día Mundial de la Abeja, celebrado este 20 de mayo, el sector apícola culminó la décima edición de la Semana Nacional de la Miel, iniciativa que busca fomentar el consumo de este alimento y la integración de la cadena.
En lo que se espera sea un año récord en producción y tras la implementación del acuerdo con la Unión Europea para exportar con arancel cero, la actividad vislumbra un horizonte muy distinto al de hace algunos años. Han crecido las empresas de gran escala -algunas de las historias que oportunamente recopiló Bichos de Campo días atrás- y el sector exhibe una mayor profesionalización.
Por delante quedan desafíos igual de relevantes, como lo es expandir el mercado interno, fortalecer la diferenciación y avanzar con el agregado de valor. Pero nada suena descabellado para quienes conocen en profundidad la actividad.
“El de la apicultura es un tema más amplio a nivel regional, pero acá en Argentina decidimos focalizarnos en el consumo de la miel, que es la demanda principal que nos hacen las cámaras sectoriales”, explicó a este medio Celia Mamani, técnica del área de Desarrollo Rural Sostenible de la FAO en Argentina.
En concreto, esa dependencia de Naciones Unidas aprovechó la semana conmemorativa para, junto a la Cámara Argentina de Fraccionadores de la Miel (Cafram) y la Sociedad Argentina de Apicultores (Sada), impulsar una agenda común.
El fortalecimiento del mercado interno es la principal demanda, pero también se cuela la situación económica de los productores y la necesidad de sostener a la abeja como elemento central.
En verdad, todas esas temáticas están entrelazadas, porque no hay miel sin apicultores, pero menos aún sin abejas. Y no hay producción, si no hay mercado y sustento económico para industrializarse.
“La apicultura es una de las actividades económicas alternativas que se pueden implementar en entornos rurales para generar un ingreso adicional a la familia. Pero también es un sistema que tiene medianos y grandes productores”, señaló Mamani, que hace referencia a lo heterogéneo que es este sector en Argentina, donde está signado por la tradición, las historias familiares y el arraigo.
Los últimos años la actividad vio florecer proyectos productivos muy pujantes, que desde ya exceden el autosustento y demuestran que la apicultura es también una industria con mucho potencial para crecer. Y no sólo en la producción de miel, sino en la de sus derivados como en industrias adyacentes, como la cría de reinas o la polinización.
Sin ir más lejos, Argentina es punta de lanza en cuanto a la implementación de buenas prácticas, la profesionalización de la actividad y, aún más importante, la diferenciación de origen: se estima que en el país se producen al menos 80 variedades diferentes de miel, de las cuales tienen muy poco espacio en el mercado local.
“Hay mucho potencial para seguir aumentando el consumo, pero también es importante seguir nutriendo y fortaleciendo la cadena de valor”, expresó Mamani.
Esta semana, un grupo de legisladores nacionales, en conjunto con el gobierno entrerriano, convocaron a un encuentro en Diputados para debatir las proyecciones de la apicultura.
Una de sus impulsoras de la iniciativa, allá por 2017, fue la legisladora del PRO Alicia Fregonese, quien también insiste en que el país debe consumir más miel. “Lo que pasa es que no somos conscientes de que exportamos el 93% de la miel”, afirmó al ser consultada por Bichos de Campo.
La jornada dejó también en el aire la pregunta respecto al rol del Estado, que, agregó Fregonese, “debe estar acompañando y planificando, pero no poniendo trabas”.
El final del camino es que esta producción que se distribuye en 22 provincias, concentra a más de 20.000 apicultores y genera alrededor de 80.000 toneladas anuales encuentre un mercado local más sólido, y uno global que reconozca el trabajo de diferenciación y segmentación entre los numerosos tipos de miel.
Para ello, concuerda la técnica de la FAO, también se necesita el acompañamiento estatal e institucional. “Todavía restan crear herramientas que permitan recuperarse de las contingencias climáticas. Ahí tenemos mucho que aportar aún para acompañar la resiliencia y la soberanía alimentaria”, concluyó.