
Con 28 años, Santiago Azumendi maneja un campo neuquino a más de 1.000 kilómetros de distancia y apuesta a vivir de la lavanda con valor agregado
En un campo familiar del norte de Neuquén, donde históricamente la ganadería marcó el ritmo del trabajo, un ingeniero agrónomo de 28 años decidió mirar el paisaje con otros ojos. Allí donde...
En un campo familiar del norte de Neuquén, donde históricamente la ganadería marcó el ritmo del trabajo, un ingeniero agrónomo de 28 años decidió mirar el paisaje con otros ojos. Allí donde muchos veían únicamente estepa, Santiago Azumendi encontró una oportunidad para diversificar la producción y construir un proyecto con valor agregado, sustentabilidad y raíces familiares.
“Mi familia está en ese campo desde 1928, cuando mi tatarabuelo compró el lugar. Hay mucha historia y mucha querencia”, cuenta Santiago, egresado de la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires (UBA), que hoy vive en Trenque Lauquen, donde trabaja en agricultura y ganadería, mientras administra a distancia el establecimiento patagónico ubicado cerca de El Huecú.
La idea surgió cuando le tocó hacerse cargo del campo familiar. “Busqué una producción alternativa a la ganadería. El establecimiento es 90% estepa y apenas un 10% de mallín. Pensé que esa estepa debía servir para algo”, recuerda.
Observó que en la zona crecían numerosas aromáticas silvestres utilizadas tradicionalmente con fines medicinales. A partir de esa experiencia comenzó a investigar qué especies cultivadas podían adaptarse al clima y a los suelos neuquinos.
“La lavanda nos pareció la mejor opción porque es una planta muy rústica, se adapta muy bien y además tiene un mercado interesante para hacer agregado de valor”, explica.
El proyecto no apunta únicamente a producir flores o aceite esencial. El objetivo es integrar toda la cadena. “La idea es producir las aromáticas y destilar el aceite en el campo de Neuquén. Después lo llevamos a Buenos Aires, donde trabajamos con un laboratorio que elabora las cremas”, detalla.
Aunque vive a más de mil kilómetros, Azumendi asegura que la distancia no representa un obstáculo importante. “Voy una vez por mes. La lavanda tiene cuatro momentos críticos al año en los que hay que estar presente; después es una planta bastante rústica. Tengo dos personas trabajando en el campo y hablamos todos los días por teléfono para coordinar las tareas. Básicamente hay que manejar el riego, que se prende una vez por semana o cada tres días, según la época”.
Actualmente el emprendimiento cuenta con una hectárea y media implantada. La primera hectárea produce entre 12 y 15 litros de aceite esencial por año, materia prima suficiente para elaborar alrededor de 7.000 productos.
Hoy la línea está integrada por cuatro artículos: dos cremas, un aceite esencial puro y un perfume elaborado a partir del aceite diluido.
Mientras tanto, la segunda hectárea fue implantada con un nuevo marco de plantación que busca mejorar la productividad.
“Esperamos obtener unos 24 litros de aceite por hectárea. Empezamos esa plantación en 2024 y recién en 2026 vamos a tener una producción estable de flores”, señala.
Para Santiago, la escala no es necesariamente una limitante. “Nuestro proyecto apunta a llegar a ocho hectáreas. También queremos incorporar romero, tomillo y orégano. Estoy convencido de que se puede vivir de una producción relativamente chica, siempre que uno haga agregado de valor y venda el producto terminado, no solamente la materia prima”.
Por ahora, el principal mercado está lejos de donde nace la producción. “La mayor parte de las ventas las hacemos en Buenos Aires, principalmente en la zona de Benavídez. Mi familia vive allí y eso facilita el desarrollo comercial. Aunque la materia prima sea patagónica, el laboratorio y todo el trabajo de marketing están en Buenos Aires”.
En Neuquén, en cambio, la presencia todavía es incipiente. “Participamos en la Rural de Junín de los Andes, estuvimos en un local y también en el aeropuerto de Neuquén. Pero desarrollar ese mercado requiere presencia permanente, seguimiento y mucho trabajo de fidelización”, asegura el productor, que también participó de la Expo Rural de Palermo, en el stand neuquino.
Detrás del emprendimiento también hay una fuerte impronta familiar. “Todos participamos del proyecto que lleva el nombre de “ViluMallín” como el paraje. Yo mismo planté el primer plantín”, dice con orgullo.
La iniciativa busca ir más allá de lo económico. “Queremos construir una empresa de triple impacto: sustentable, basada en productos naturales y con un fuerte compromiso social. Nos gustaría involucrarnos mucho más con la comunidad de El Huecú. Todavía necesitamos consolidar el negocio para poder hacerlo como queremos”, señala Santiago.
El camino tampoco lo recorrió en soledad. Antes de comenzar, buscó asesoramiento de referentes del sector. “Hice una inducción de 24 horas con quien creo que es la mayor productora de lavanda del país, en Sierra de la Ventana, que tiene unas 25 hectáreas. Además mantengo contacto con la profesora de Aromáticas de la Universidad Nacional del Comahue, María Laura Berzins, y trabajamos con Agustina Mardones, de El Bolsón, la primera licenciada en Agroecología del país. Ella diseñó nuestro marco de plantación y el sistema de riego por goteo; es nuestra principal referencia técnica”.
Con una hectárea y media implantada, un proyecto que aspira a multiplicar su superficie y la convicción de que la estepa también puede generar valor, Santiago demuestra que la diversificación productiva en la Patagonia puede comenzar con algo tan sencillo como una planta de lavanda y una mirada distinta sobre el territorio.