
“A veces me doy cuenta de dónde estoy y alucino”, dice desde Colombia Alejandro Battro, el agrónomo que arma canchas de polo por el mundo
“Me pagan por estar en lugares super lindos, con gente espectacular, para un deporte que me gusta. A veces me doy cuenta de dónde estoy y alucino”, cuenta el ingeniero agrónomo Alejandro Batt...
“Me pagan por estar en lugares super lindos, con gente espectacular, para un deporte que me gusta. A veces me doy cuenta de dónde estoy y alucino”, cuenta el ingeniero agrónomo Alejandro Battro. Actualmente viviendo vive en una montaña en medio del campo, en el noroeste colombiano, y es segunda generación de especialistas en césped de canchas de polo.
Alejandro, protagonista de otra entretenida charla en AgroExportados, se crió en San Isidro, estudió Agronomía y trabajó en diferentes lugares hasta que se metió de lleno en la empresa de su padre. Hoy vive en Colombia, pero pivotea hacia Estados Unidos donde también tienen varios clientes.
Es hijo de Alejandro Battro, de Battro Polo Fields, referentes en el diseño, construcción y mantenimiento de canchas de polo por el mundo. Tienen más de 800 canchas asesoradas en 45 países. “Tengo la suerte de trabajar con gente que tiene valores y principios que comparto, al aire libre y haciendo lo que me gusta”, dice. Sobre su trabajo, cuenta: “En la facultad me habían enseñado a matar el pasto que hoy cultivo para las canchas de polo”.
-¿Cuál es tu historia vinculada al campo y la ruralidad?
-Me crié en San Isidro, tengo 47 años, no vengo de una familia de campo pero siempre me gustó, porque iba al campo de amigos. Me encantaba andar a caballo, mirar vacas o cruzar por un lote de maíz. Disfrutaba casi lo mismo que hoy: la aventura y estar al aire libre.
-¿Por qué estudiaste Agronomía? ¿Qué soñabas ser o hacer?
-Mi papá es agrónomo. Tenía padres de amigos que eran agrónomos y veía que esa profesión estaba relacionada con el aire libre, algo que, como te dije, disfrutaba mucho. Sentía que era una profesión conectada con la naturaleza, en la que había personas tranquilas. Además, mi viejo ya estaba con lo del césped deportivo. Pero inicialmente, a mí me gustaba más la actividad de campo tradicional. De hecho, empecé haciendo pasantías de control de cosecha y trabajé en algo vinculado al INTA.
-¿Y cómo diste el golpe de timón y te metiste con el césped deportivo?
-Mi viejo me decía que en este rubro no iba a tener una vida alejada de la familia. Y a mí el deporte y los caballos me encantan. Así fui metiéndome de a poco. Fue raro, porque en la facultad me habían enseñado a matar el pasto que hoy cultivo para las canchas de polo, por ejemplo, el pasto bermuda.
-¿Cuándo te fuiste por primera vez del país y a hacer qué?
-Yo empecé a trabajar con mi viejo en 2006, y en 2008, con 26 años, me fui a México porque había un cliente que quería hacer una cancha allá. Sucedió algo loco porque mi viejo me había dicho que el clima y el pasto eran similares a los de Buenos Aires, que era un trabajo relativamente sencillo. Y me largué. Claro, cuando llegué el cliente me llevó hasta un lugar en el campo, subimos unas rocas y me dijo “acá quiero hacer la cancha”. ¡En una montaña repleta de rocas! Tremendo desafío. Todo lo que sabía no me servía para eso. Pero junté toda la información que pude, hablamos con el equipo, desciframos cosas y fui con el plan de trabajo. El resultado fue espectacular.
-¿Y cómo siguió?
-En 2009 empecé a ir a Estados Unidos. Mi viejo tenía ya tres clientes, pero queríamos sumar más. Dos clubes en Florida y en un club en Nueva York. Ahora tengo 25 clientes en 11 estados. Entre otros, las canchas donde juega (Adolfito) Cambiaso en Wellington, en Santa Bárbara Polo Club, Hamptons Polo club, etc. Como empecé a trabajar mucho en Estados Unidos, en pandemia me subió mucho el trabajo.
-¿Cómo fue eso?
-Había jugadores que se habían quedado en Estados Unidos y estaban jugando y me decían que si estaba allá podía trabajar en las canchas en donde estaban. Me tomé un avión que salía una vez por semana, de expatriados, y empecé a visitar clientes. Tenía todo allanado para arrancar a full. Creo que fui el único ser humano que viajó tanto en plena pandemia (se ríe). Hasta que en 2021 tomé la decisión de irme a vivir a Estados Unidos porque tenía ya muchos clientes.
-¿Y cómo surgió lo de Colombia?
-A Colombia iba, cada tanto, a trabajar al Polo Club de Bogotá, un club espectacular. Además, siempre me gustó Colombia. La gente, todos muy amables, y ni hablar de los paisajes. En ese momento yo vivía en Estados Unidos, pero me faltaba la parte social. Estaba muy solo. Y en Colombia había mucha onda. De pronto, un amigo me contactó con su hermano que estaba en Medellín. Y me salió un trabajo, conocí a su grupo de amigos, empecé a salir con una chica y todo terminó redondo. Entonces decidí hacer base en Colombia y viajar a Estados Unidos cada tanto. Te diría que estoy un mes acá y un mes allá. Después me contrataron para trabajar en un club en Medellín y otro en Cali. Vivir en Colombia transformó mi cotidianeidad.
-Cuando uno dice Colombia y todas esas ciudades que mencionás lo relaciona directamente con la droga, inseguridad y cárteles. ¿Cómo es vivir allí?
-Descubrí, te diría como en todos lados, que hay lugares que son más seguros y otros más inseguros. Pasa también en Argentina. Pero yo vivo en el campo arriba de una montaña. Alrededor mío hay gente que trabaja y vive del campo, con fincas chiquitas. Uno me da huevo, otro pollo, otro cerdo, hay otro que hace quesos y manteca. Me abastezco de todas las fincas de la zona. Entonces tengo una vida aislada de la ciudad. Yo mismo tengo una huerta en la que produzco de todo, y tengo mis propias gallinas. El lugar se llama Envigado, al sur de Medellín y arriba de la montaña.
-¿Y cómo surge para tu viejo lo de trabajar afuera?
-En 1992 mi viejo empieza a pedirle a los jugadores que lo recomienden en el exterior. Y todos le preguntaban, ¿Te vas a ir a Estados Unidos donde son los reyes del pasto? Y mi viejo decía: “Ellos pueden ser los reyes del pasto, pero no son los reyes del polo, no tienen idea del polo”. Así, ya en 2007 tenía 23 países él solo.
-¿Cuál es la clave para el césped de una cancha de polo?
-Hay dos cosas clave: el suelo, que es para que se afirme el caballo y el pasto, para que corra bien la bocha. El césped es importante, pero te diría que la clave no es tanto el césped sino tener buen suelo, porque vos podés jugar con diferentes tipos de pasto, pero no podés jugar con muchos diferentes tipos de suelo. Debe tener ciertas características para poder jugar bien al polo.
-¿Qué características debe tener el pasto?
-Resistencia al uso, capacidad de recuperación, porque pensá que corre una pelotita, y exige que esté corto, parejito, pero también trota, pisa y frena un caballo. Entonces tenés que evitar el exceso de roturas y tener un pasto de muy buena recuperación.
-¿Y del suelo?
-El suelo sí o sí tiene que ser un suelo elástico. Y esa elasticidad se arma en una combinación entre arena, raíces y agua. Si falta alguno de los tres esa elasticidad no se da.
-¿Dónde les ha tocado armar canchas de polo que no los tenías en el radar como países donde se juegue polo?
-Corea del Sur, Filipinas. El polo es un deporte que podríamos decir que es inglés, aunque viene de medio oriente. Pero cada vez que vas a ver polo ves a alguien tomando un mate, ¡y estás en un lugar recóndito del planeta! Como Jornadania o Moscú, donde hicimos una cancha también. Estamos haciendo en Polonia y Rumania.
-Hablemos de lo que es vivir afuera de tu país, lejos de tus raíces y familia, ¿Qué comidas extrañas de Argentina?
-La parrilla argentina llena de diferentes cortes y sabores distintos, con una provoleta. Acá la carne es de una vaca que subió 25 montañas y la tenés que hervir. ¡El helado! Uff… es una cosa de locos como lo extraño. También las panaderías de Argentina. Es una cosa impresionante. Y las pizzas. Al final, extraño casi todas las comidas.
-¿Incorporaste comidas que antes no tenías en tu dieta cotidiana y que sean típicas de allá?
-Si, algo que me sorprendió es el chicharrón. Acá lo hacen frito, yo lo hago al horno. Y una variedad de frutas increíbles e innombrables, es tremendo.
-De lo que has conocido, ¿qué lugar recomendarías para un argentino que quiera ir para allá de turista? ¿Me refiero quizás a lugares no comunes?
-Acá hay un lugar que me parece super lindo. Hay como un desierto en el norte, que no conozco y me recomendaron. El eje cafetero, al sur de Medellín, lleno de pueblitos super pintorescos con paisajes lindísimos. O la zona del Chocó, una selva con mar, hay una fauna tremenda, se ven ballenas, pesca, de todo (N de la R: Comprende una pequeña parte del itsmo de Panamá y es el único departamento de Colombia con costas en los océanos Pacífico y Atlántico).
-¿Tenés algún hobby? Algo que te despeje la cabeza, que te resetee del laburo. Algo deportivo, artístico, etc.
-Si, tengo un montón. Uno que me gusta mucho, la filosofía y la psicología. No sólo leo y escribo, hago cursos y estudio. Esto empezó porque en medio una plantación de una cancha de polo, allá por 2009, uno de los plantadores tenía un libro y le pregunté de qué era. Me dijo que era una herramienta de auto conocimiento, el Eneagrama. Me lo prestó. Yo era anti-lectura, pero ese libro me atrapó tanto, que a partir de ahí hice cursos, me formé con gente de España y de Argentina, me compro libros. Te diría que tengo dos expertise: las canchas de polo y el eneagrama (se ríe). Después empecé a meterme en otro mundo fascinante que es la morfopsicología, esto es la lectura de la conducta de una persona y su personalidad a través de su rostro y formas faciales. Viendo tu cara se puede definir cómo es tu conducta. Porque la forma habla de la función.
-¿Qué es lo que más te gusta de lo que hacés?
–Hay veces que me doy cuenta de dónde estoy y alucino. Tengo la suerte de trabajar con gente espectacular, gente que tiene valores, principios que comparto. Hablás un mismo idioma. Al aire libre. Me pagan por estar en lugares super lindos, con gente espectacular, para un deporte que me gusta. Me gusta servir, poder ayudar al jugador o hacer lo mejor posible para que salga lo mejor. Pero sobre todo agradezco la oportunidad de estar en contacto con la naturaleza.
-Imaginate que está el Alejandro de 18-20 años y se encuentra con el Alejandro de hoy, de “jóvenes” 47 años. ¿Qué le diría este de hoy a aquel que estaba arrancando?
–Le diría que confíe mucho en su intuición. Que use como referencia a la gente para que lo guíe, pero sin dejar de escucharse. La verdad que habita en vos es tu intuición. Eso le diría.